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martes, 1 de marzo de 2011

Interacción subverbal con esquizofrénicos.


COMUNICACIÓN SUBVERBAL
Y EXPRESIVIDAD DEL TERAPEUTA:

Tendencias de la terapia centrada en el cliente
con esquizofrénicos.

Eugene Gendlin

Instituto Psiquiátrico de Wisconsin, Universidad de Wisconsin.








“Subverbal communication and therapist expressivity: Trends in client-centered therapy with schizophrenics”. Journal of Existential Psychiatry, 4(14), 105-120. (1963).

http://www.focusing.org/gendlin/docs/gol_2129.html

Traducción: Luis Robles Campos.


Introducción.

Como un desarrollo de la terapia centrada-en-el-cliente y especialmente su aplicación con esquizofrénicos hospitalizados[1], ahora está emergiendo un modo de psicoterapia que se centra sobre el “experienciar” de las dos personas en la interacción terapéutica, más que a los contenidos verbales discutidos.

Este desarrollo es similar a tendencias recientemente en otras orientaciones (1, 2, 3, 16, 18, 24, 25, 26, 26, 29, 31, 32). Hoy en día hay una gran tendencia a enfatizar la interacción en psicoterapia, a resaltar que dos seres humanos están involucrados, y a focalizarse sobre los eventos subjetivos concretos que ocurren dentro de esas dos personas, en vez de atender sólo los contenidos verbales en discusión.

Básico a este desarrollo es la visión de que la psicoterapia involucra el “experienciar” (o como quiera que se le llame), esto es, un proceso somático sentido internamente cuya manera y significados son afectados por la interacción. Se presta alguna atención al problema teórico de cómo los eventos corporales interiormente sentidos pueden tener “significado”, ser “explorados” y “simbolizados”, y cómo estos “significados implícitos concretos pueden ser afectados y modificados por la interacción (4, 23). Ahora que la psicoterapia es ampliamente pensada como la implicancia de un proceso concreto de sentimiento, somos menos específicos acerca del rol (todavía vital) de los símbolos y la exploración cognitiva. Las diversas orientaciones usan vocabularios cognitivos diferentes, pero sus pacientes y clientes parecen capaces de “trabajar” con cualquiera de ellos. Aparentemente, cualquier vocabulario bueno puede ser empleado como una herramienta simbólica para “elaborar” e interactuar. Parece que las dificultades de personalidad yacen en los significados “pre-conceptuales” del experienciar, que son concretos y que son posibles de ser simbolizados y cambiados a través de la interacción usando cualquiera de los muy diferentes vocabularios terapéuticos que poseemos.

Aparentemente no es tanto una cuestión sobre qué vocabulario usamos, sino más bien, cómo lo empleamos. Si lo usamos en “referencia directa” al experienciar, entonces prácticamente cualquier vocabulario puede ser bien empleado. Si es utilizado como una explicación abstracta que sustituye el experienciar individual, ningún vocabulario cognitivo engendrará mucho cambio constructivo de la personalidad. Por supuesto, esta es una opinión que espera mucho más respaldo empírico del que tenemos hasta ahora (7, 10, 15, 17, 27, 28, 30) pero es una tendencia actual difundida en el pensamiento terapéutico.

No sólo el uso óptimo de las palabras, sino también el mejor uso de las conductas del terapeuta, parecían depender no tanto de cuál era la conducta de él, sino de cómo la conducta se relaciona y afecta el experienciar del individuo. Permítanos decir que el terapeuta ha dicho: “Supongo que mucho de lo que sientes es demasiado difícil de decir”. Una conducta dada del terapeuta tiene cierta relación con el propio experienciar en marcha del terapeuta (en este ejemplo, está expresado en su cuidado e interés implícito por el cliente, así como también en su decepción al no oír mucho desde él), y la conducta también tiene cierta relación al experienciar en marcha del cliente (digamos que implica algo acerca de miedo del cliente y de su incapacidad de expresarse a si mismo y que eso tiene sentimientos presentes poco claros pero dolorosos).

El intento de justificar lo que el terapeuta debería y no debería hacer tiende, hoy en día, a referirse no tanto a qué conducta se usa, sino a cómo se usa. Más aún, este “cómo” se refiere a cómo la conducta se relaciona al experienciar de las dos personas.

Por ejemplo, años atrás había una “técnica” centrada-en-el-cliente. Involucraba reglas tales como: El terapeuta no debería hacer preguntas. El terapeuta no debería expresar sus propios sentimientos. El terapeuta no debería introducir nada que no venga primero desde cliente. El terapeuta debería parafrasear (más profundamente si es posible) el sentimiento presente y parcialmente no expresado del cliente.

Los principios subyacentes a estas técnicas no han cambiado. Sin embargo, debemos decir: Si el terapeuta hace una pregunta, ella debería apuntar al experienciar del cliente, o, el terapeuta debería declarar sus propias razones implícitas por las cuales necesito realizar la pregunta, así hace la interacción más abierta y probablemente más calidamente personal (ya que probablemente el terapeuta hace la pregunta al servicio de algún interés o preocupación por el cliente).

Hoy, probablemente diríamos: El terapeuta debería expresar sus sentimientos a menudo cuando el trabaja con un cliente altamente externalizado, desmotivado y no expresivo. Si el cliente no tiene noción o intención de hacer la interacción íntima, significativa, con propósito y cercana, entonces el terapeuta debe hacerlo al expresar algunos de sus propios pensamientos y sentimientos concernientes a su relación con el cliente. Él debería hacer eso sin imponer sus puntos de vista contra la experiencia del cliente. Él debe expresar máximo interés y desear escuchar la experiencia del cliente (9. 10, 14).

Los párrafos anteriores tienen la intención de explicar cómo los principios básicos pueden ser los mismos, aún cuando ellos pueden ser aplicados no a tipos de conductas del terapeuta, sino a cómo cualquier modo de respuesta surge desde el experienciar del terapeuta, y cómo esto se relaciona con el experienciar del cliente.


Finalidad de este escrito.

El propósito de este escrito es ofrecer unas cuantas especificaciones sobre cómo pueden funcionar la comunicación subverbal y la expresividad del terapeuta. Tales especificaciones son necesarias porque si los terapeutas toman como una regla “expresar” cualquier cosa y de cualquier manera, obviamente nos estaríamos quedando sin pautas. Sin embargo, las especificaciones se referirán no a qué, sino a cómo tal auto-expresión del terapeuta puede ser parte de un método terapéutico. Similarmente, la comunicación subverbal siempre suena misteriosa. ¿Cómo alguien puede saber lo que el cliente quiere decir si él mismo no puede decir qué es? Nuevamente, las especificaciones que me gustaría ofrecer no se refieren a “qué” dice el cliente (ni tampoco a cómo podemos suponer “qué” quiere decir). Las especificaciones se refieren a cómo las palabras del cliente y del terapeuta pueden ser empleadas para apuntar y referirse al experienciar.

Las especificaciones ofrecidas aquí no necesariamente involucran acuerdo sobre lo que es más efectivo en psicoterapia. Más bien, aún no vamos a discutir qué es más efectivo, a menos que construyamos un vocabulario de distinciones y especificaciones. Entonces podemos discutir si este o aquel modo especifico es efectivo o no. Mi discusión en este escrito es que tal vocabulario no debería permanecer moribundo debido a las distinciones entre las distintas “escuelas” (“reflejos de sentimiento”, “interpretación”, etc.) sino que debiera basarse sobre distinciones acerca del rol del “experienciar”. Tal vocabulario sería aplicable en todas las escuelas de terapia, aunque no todos tengan luego que estar de acuerdo sobre cuáles modos distintos de responder son deseables.


Esquizofrénicos y neuróticos: Algunos hallazgos de investigación.

Aunque la psicoterapia, para mí, parece ser el mismo proceso en neuróticos como en esquizofrénicos, las diferencias manifestadas por los esquizofrénicos son importantes, porque en ellas encontramos revelados, de manera amplia e inevitable, algunos de los factores que podemos pasar por alto en la psicoterapia habitual. Me gustaría, por lo tanto, citar algunos de nuestros hallazgos empíricos en la psicoterapia con esquizofrénicos. Por ejemplo, a menudo tendemos a no reparar en los problemas de externalización y conversación trivial que se dan en la terapia ordinaria. Sabemos que ocurren y que tales clientes muy a menudo eventualmente fracasan, ¡pero cuán diferente sería nuestra interacción ante este problema si prácticamente casi cada persona que vemos en terapia nos confrontara con ello! Entonces tendríamos que hacer algo para solucionar el problema.

Todavía no poseemos resultados concluyentes sobre la eficacia de la psicoterapia con esquizofrénicos. Por lo tanto, lo que tengo que decir no será evaluativo. Más bien, describiré los procedimientos que aplicamos actualmente en nuestras sesiones de terapia y la manera en que llegamos a utilizarlas.

La muestra de individuos hospitalizados diagnosticado como “esquizofrénicos” con quienes habíamos estado trabajando fueron seleccionados en base a la edad, clase socio-educacional, sexo y extensión de la hospitalización. A través de estos medios evitamos el método usual de selección por la cual la psicoterapia se brinda más a menudo a individuos motivados o a aquellos que se conectan y responden al equipo, o a aquellos que son más abierta y dramáticamente enfermos y que atraen la atención como casos desafiantes. En lugar de eso, nuestras muestras fueron seleccionadas para ser representativas. Yo pienso que la mayor parte de la población hospitalizada llamados “esquizofrénicos” consiste en individuos como estos, desmotivados e inexpresivos. Los problemas de emplear psicoterapia con tales individuos está siendo ampliamente discutida y lo que describiré se plantea como parte de esta discusión actual.

Aquí hay algunos hallazgos de investigación para expresar las características iniciales de estos individuos, y cómo progresa la terapia con ellos:

La escala de Kitner sobre la conducta en-la-terapia (17) ha sido usada en estudios previos con neuróticos. Esta escala predice éxito o fracaso en terapia a partir de puntajes en la primera entrevista. El fracaso se predice si en la primera entrevista de terapia del individuo neurótico él muestra extremadamente poca expresión de las dificultades afectivas y poca conciencia sobre cómo su propia personalidad contribuye a estas dificultades. Aplicamos esta escala a las primeras entrevistas de nuestra muestra y encontramos que diecisiete de dieciocho entrevistas predijeron fracaso. En otras palabras, en adición a estar desmotivados

Tanto la conversación como los silencios son usados por estos individuos de un modo no expresivo. O bien hay un torrente sin detención de charla trivial, o hay un gran monto de silencio, de modo que tanto la conversación como el silencio al terapeuta el problema de iniciar una comunicación significativa. Comparamos los patrones de habla y silencio de los esquizofrénicos en la segunda entrevista con la segunda entrevista de los neuróticos. Por comparación, encontramos que al nivel .002 de significancia (11), los esquizofrénicos no hablan más que los neuróticos o bien están mucho más en silencio. La mitad de los esquizofrénicos muestra incluso menos de un uno por ciento de silencio en la entrevista o más del cuarenta por ciento.

Esta conducta inicial en terapia cambia después. En la entrevista 30 el puntaje de Kitner predice fracaso sólo para tres de trece. Por lo tanto, su conducta ha cambiado significativamente hacia expresar dificultades afectivas y viendo sus personalidades como involucradas en tales dificultades. Este cambio en la conducta puntuada sobre la Escala Kitner correlaciona significativamente con cambios en la Escala Experiencial (12). Estos individuos, por lo tanto, dieron indicaciones de movimiento a lo largo del continuum del proceso de terapia (5, 6, 20, 21).

El MMPI también refleja este cambio (13). Inicialmente, los individuos a los que les predijo fracaso (aquellos que expresan pocas dificultades afectivas explícitas en las entrevistas) también mostraban baja patología clínica según el MMPI. Midiendo a estos sujetos de acuerdo a la mayoría de los fracasos predichos por los puntajes de la escala Kitner, después de seis meses sus perfiles de MMPI han cambiado completamente. Para todos excepto uno en la mayor parte de la mitad a la que se le predijo fracaso, incluso las dos escalas más significativas ahora son escalas diferentes. También sus puntajes de sus escalas D se han incrementado de manera importante. Este cambio no indica un cambio drástico en la personalidad de base, pero sí que estos individuos se vuelven capaces de expresarse a si mismos genuinamente y que se hacen capaces de expresar sus sentimientos negativos.

Por lo tanto, en gran medida, realmente tuvimos éxito en iniciar una expresividad más abierta y en el involucramiento del proceso de terapia de estos individuos, según lo medido por el MMPI y por las escalas de conducta en-terapia. La escala de Kitner surgió de la constatación que los individuos a los que se les predijo fracaso no se involucran en conductas genuinas de terapia (ni inicialmente ni después). Pero entre los neuróticos tales individuos constituyeron sólo un pequeño porcentaje. Debido a que los esquizofrénicos exponen tan ampliamente este tipo de conducta inicial en terapia, era imperativo que se desarrollaran modos (8) por medio de los cuales la terapia genuina pudiera ser engendrada con individuos desmotivados, externalizados o silenciosos.


Expresividad del terapeuta.

En la investigación con esquizofrénicos nuestra mayor hipótesis es que ciertas condiciones referidas a actitudes expresadas por el terapeuta se supone que determinen el monto de cambio y la cualidad del proceso terapéutico en el cliente. Rogers (19, 22) propone tres condiciones necesarias y suficientes para la psicoterapia. Ella son: “Empatía”, “aprecio incondicional”, y “congruencia” o “genuinidad”. Esta última, “congruencia”, implica una tentativa por parte del terapeuta de despojarse de cualquier artificialidad personal o profesional, de cualquier maniobra o postura, un intento de ser “él mismo”. En nuestro trabajo con esquizofrénicos, esta condición se ha vuelto cada vez más importe. Ya no hay formulas, ni aún ese modo denominado “reflejo de sentimiento”, él más característico de los modos centrado en el cliente. Tal como lo indica el término “empatía”, luchamos como siempre por comprender el sentido de lo que el cliente siente desde su propio marco de referencia interno, pero ahora tenemos una gama más amplia de diferentes conductas con que las que los terapeutas responde a los clientes. La genuinidad o “congruencia” incluye una variedad espontánea de conductas. Yo creo que, en parte, debido a la indeseable tendencia hacia las formulas y los modos estereotipados de responder, lo que llevó a Rogers a formular esta como esencial.

“Ser el mismo” genuinamente ha significado que los terapeutas se vuelvan más expresivos. El terapeuta se expresa mucho más a menudo sus propios sentimientos, su experiencia del momento. Cuando el cliente se expresa a sí mismo, es natural que el experienciar presente del terapeuta consista en gran parte en un sentido empático del significado del cliente. Pero, aún cuando los clientes no ofrecen auto-expresión, el experienciar actual no carece de contenido. A cada momento ocurren un gran monto de sentimientos y eventos en el terapeuta. La mayor parte de estos se refieren al cliente y al momento presente. El terapeuta no necesita esperar pasivamente hasta que el cliente exprese algo íntimo o terapéuticamente relevante. En vez de esto, el terapeuta puede buscar en su propia experiencia momentánea y encontrar en ella una reserva presente constante a la que puede recurrir y con la cual puede iniciar, ahondar y continuar la interacción terapéutica incluso hasta con una persona silenciosa, externalizada o sin motivaciones.

“Congruencia” también significa para el terapeuta que él no necesita aparecer siempre con buena cara, siempre comprensivo, sabio o fuerte. He encontrado que, en ocasiones, puedo ser visiblemente bastante estúpido, puedo haber hecho algo equivocado, hacer el papel de tonto. Puedo dejar que estos lados de mi persona estén visibles cuando ellos han ocurrido en la interacción. Que el terapeuta sea él mismo y que se exprese con franqueza, nos libera de muchas trabas y artificialidades, y hace posible para el esquizofrénico (o cualquier otro cliente) entrar en contacto con otro ser humano tan directamente como sea posible.

Sin embargo, parecería que muchas de las antiguas pautas de conducta terapéutica han desaparecido. Ahora sólo se especifican las actitudes básicas y no lo que uno hace para manifestarlas o expresarlas. ¿Significa esto que simplemente no hacemos nada? Permítaseme describir con más detalle este procedimiento de expresividad del terapeuta, ocupándome específicamente de tres aspectos.




1. “No Imposición”.

Al trabajar con individuos inusualmente defensivos, retraídos o temerosos, encontramos aún más importante que nunca no imponernos sobre ellos. ¿Cómo es que la no imposición es consistente con un terapeuta que expresa más de sí, más abierta y activamente, y que inicia sus relaciones precisamente con esta actitud? Tentativamente, pienso que la respuesta es: El terapeuta puede ser más activo, y al mismo tiempo mostrar menos imposición y amenaza, siempre que se exprese a sí mismo (sus propias imaginaciones, sentimientos, deseos; los eventos que suceden en él) y lo haga de manera clara y explícita, con formulaciones sobre sí mismo, o sobre los eventos que acontecen dentro de él en ese momento. De esta manera él comparte sobre sí mismo más abiertamente, sin imponer sus puntos de vista sobre la experiencia del cliente. Habla en su propio nombre. No impone o fuerza nada contra el espacio experienciar del cliente, ni confunde su vida interior con la de éste.


2. “Unos cuantos momentos de auto-atención del terapeuta”:

Para responder verdaderamente desde adentro, por supuesto es preciso que preste alguna atención a lo que allí sucede. Mientras estoy interactuando con el cliente, una buena parte de cuanto pasa dentro de mí tiene que ver con él: fantasías acerca de él, observaciones sobre sus reacciones, mis propias reacciones ante él, etc. Pero dentro mí, esas estás cosas me pertenecen, son mías. Ellas no son deducciones acerca de él. Ellas son lo que me pasa a mí ahora, mis momentos vividos con él. Para formular y expresar requiero unos cuantos pasos de auto-atención, unos cuantos momentos en los que atiendo lo que estoy sintiendo. Cuando lo hago, usualmente encuentro encontrar muchas cosas que estoy dispuesto a compartir. Sería erróneo afirmar que expreso todo cuanto ocurre dentro mí, ya que miles de cosas pasan en mi a cada momento y, estas miles de cosas ni siquiera pueden formularse por separado, mucho menos ser expresadas. Tampoco lanzo impulsivamente la primera cosa pasa y viene a mi mente. Me repliego en mí mismo por unos instantes y de esta manera hallo en mi mismo alguna respuesta para darle al cliente, o hacia lo que ha estado pasando entre nosotros, o en nuestros silencios. Aún cuando se ha dicho poco, descubro en mí deseos, temores, decepciones y ganas de establecer una comunicación significativa. Sentimientos que puedo verbalizar. Con unos cuantos momentos de auto-atención puedo encontrar mi respuesta genuina para ese momento. Si me siento aburrido mientras el cliente habla no le digo: “Me aburres”. Con unos pocos segundos de atención a mi propia experienciar aclaro que mi aburrimiento realmente consiste en que echo de menos algo de él, algo interesante y personal. Encuentro que ya tengo lista una bienvenida para eso y que esta acogida puede malgastarse. Me doy cuenta de que puedo imaginar esa clase de expresión personal que yo siento que falta en su relato. Puedo expresar estas sensaciones de carencia, de deseo e imaginación, y las puedo expresar como mías. Mucho de mi propio proceso de sentimiento cuando estoy con alguien suelen consistir en estos eventos, reacciones, deseos y sensaciones específicas y momentáneas relevantes para la otra persona. Por ejemplo, supongamos que he dicho algo y no ha habido respuesta. Pienso que pudo haber sido algo bastante errado de decir. No necesito simplemente sentir mal acerca de haber cometido un error. Puedo decir que lo lamento y explicar por qué, y también expresar que tales son mis sentimientos en ese instante, pero no estoy seguro de lo que él está sintiendo ahora.

Estos breves segundos de auto-atención casi siempre producen dos modificaciones en mi sentimiento del momento: 1) se hace más verdaderamente mío, en vez de algo referido al cliente, 2) se vuelve mucho más posible de compartirlo. Así pues, aunque se trate de mi reacción genuina y momentánea hacia el cliente en el instante de la interacción, también es auténticamente mía y no se impone sobre lo que él experimenta. Incluso puedo decir (cuando así sucede) que no estoy seguro de saber qué está sintiendo él.

Por lo tanto, las dos especificaciones que he indicado se necesitan mutuamente: La “no imposición” requiere “unos cuantos momentos de auto-atención” de modo que pueda encontrar qué es lo que realmente siento y declarándolo de manera no impositiva, como mío.


3. “Responder de manera sencilla”.

Ahora quiero agregar una tercera significación de la expresividad del terapeuta. Cuando el cliente no me da nada íntimo, o que exprese algo de sí, es entonces cuando debo recurrir a mi propia reserva para hallar dentro de mí la respuesta que he de darle; una expresión íntima de mi en este momento con él. Pero cuando el cliente está en proceso de expresárseme hacia mí, entonces encuentro dentro mi interior mi sensación acerca de sus expresiones y procuro decirle con límpida sencillez lo que a mi entender él siente y piensa. Es importante que yo formule que yo siento y declaro su experiencia como suya (tomándola desde su marco de referencia con la mayor pureza posible), de manera que esto haga claro que mis auto-expresiones experienciales son mías, particularmente cuando ese sea el caso.

Muy a menudo, cuando el cliente está en el curso de expresarse a sí mismo, una respuesta que simplemente declare lo que el terapeuta entendió que el cliente piensa o siente, es una respuesta poderosamente efectiva. Y a menudo es la única respuesta de ayuda posible.


He descrito tres especificaciones sobre la expresividad del terapeuta: “No imposición”, o sea que formule sus expresiones personales como propias. “Unos cuantos momentos de auto-atención del terapeuta”, lo cual le permite hallar su respuesta verdadera para ese momento. “Responder de manera sencilla” al reformular lo que el cliente siente o piensa cuando este se está expresando a sí mismo, y lo que el terapeuta siente dentro de sí, principalmente el sentido que da al mensaje del cliente.
Con los esquizofrénicos, y con muchas otras personas, si hay alguien capaz de iniciar la relación, comentar una interacción abierta y expresiva y expresiva, y ser el primero en manifestar calidez, riqueza, preocupación, de tratarlos de persona a persona, ese alguien es el terapeuta. Y no me parece que un terapeuta que deba permanecer pasivamente sentado, o discutir de un modo intrusivo, tenga posibilidades de entablar una relación terapéutica con un individuo que no desea ni la relación ni la terapia. La expresividad constante del terapeuta es la que determina en gran parte la calidad de la interacción, al menos en un comienzo y especialmente con individuos desmotivados. Su expresión propia puede convertir la interacción en algo personal, expresivo, interesante, aunque el cliente se mantenga callado o sólo diga trivialidades; expresión, referida a lo que ocurre en su interior, en el momento de manifestarse, tendrá que ver con la interacción y la hará más profunda. Ambos interlocutores tenderán a experimentar una interacción personal, abierta, rica, aunque sólo uno exprese verbalmente de qué manera la siente.

Esto me conduce a la segunda observación que deseo tratar, lo cual haré seguidamente.


Interacción subverbal.

Quizás la interacción subverbal es tan importante con los esquizofrénicos debido a que la mayor parte de su experiencia les resulta incomunicable, parece aislada del conocimiento de las otras personas por su misma naturaleza. A menudo el contenido (lo que dicen) es sólo un fragmento ínfimo, quizás un fragmento bizarro, el cual brota desde una confusión interior cuyo significado incomunicable es extraordinariamente mayor y diferente que cualquier fragmento de contenido verbal. La naturaleza incomunicable de lo que experimenta el individuo, y el hecho de él aislado de las otras personas, requiere que uno responda no sólo a algunos fragmentos de contenido verbal, sino que al experienciar al experienciar. De esta manera uno intenta restaurar la conexión, el proceso de interacción entre personas dentro del cual vive y siente el individuo normal.


(1) Responder a la palabras en referencia al experienciar:


Esto no quiere decir que no responde misteriosamente al “experienciar”, sin apoyarnos en ninguna verbalización. Más bien, se considera la verbalización de un modo diferente. En vez de preocuparse con el contenido verbal uno se pregunta: ¿De qué proceso introspectivo mayor proviene este fragmento de verbalización? Una respuesta a esta pregunta será algo sentido, un significado sentido concreto pero conceptualmente vago que ocurre en el cliente, y que el terapeuta sólo puede imaginar. Pero el terapeuta no necesita conocerlo, suponerlo, o imaginarlo correctamente. Él puede apuntar sus respuestas a tal significado sentido, ni importa que tan desconocido sea éste para él.

Por ejemplo, mi cliente dice que quiere saber en qué lugar del hospital guardan la máquina electrónica que obliga a la gente a volver a él. Él dice que puede probar que tal máquina existe, ya que ¿de qué otro modo se explicaría el hecho de que los pacientes con privilegios de permisos retornan al hospital por su propia voluntad?

Por supuesto podría argumentarle que no existe tal máquina, que si la hubiese yo lo sabría, que él no está confiando en que le esté diciendo la verdad sobre ese asunto, que él está teniendo una alucinación irreal, o bien, aproximándose más a sus sentimientos, que no le gusta el hospital y no puede entender que alguien pueda venir a él voluntariamente. ¿Pero cuál es su experienciar mientras él habla de esta máquina? ¿Cuál es el proceso “pre-conceptual” o “sentido” desde el cual proviene este fragmento de verbalización bizarra? Por supuesto, no lo sé. Pero quiero responder a eso de alguna manera. Por lo tanto, le digo de vuelta: “¿Sientes que la máquina te controla?” “Claro que sí”, replica, y dice que la máquina hace que “no se sienta el mismo”. Al oírlo reconozco que esta frase me comunica algo del experienciar interior hacia el cual apuntaban mis palabras.

Estoy usando este ejemplo para ilustrar a lo que me refiero con apuntar con nuestras palabras al experienciar, hacia ese amplio proceso interior y más amplio del cual poco sabemos (fuera de que está ahí) y de donde provienen o a que se refieren las expresiones verbales. En realidad, mi idea sobre su experienciar era equivocada; creía que sentía una compulsión interior, pero sus frases siguientes indicaron un aspecto de su experienciar un tanto inesperado, aunque comprensible. Por lo general sucede así. Al apuntar con nuestras palabras hacia el experienciar, más que hacia el contenido verbal, descubrimos que no era exactamente lo que imaginábamos, pero el hecho mismo de responder a esa experienciar siempre presente establece la posibilidad de comunicar los profundos significados de donde surge la expresión verbal.

Este hombre me dijo que su sentimiento de “no sentirse el mismo” era el resultado del hecho de que sus padres se trasladaron al campo cuando él era un niño en edad escolar, y que por lo tanto él tenía que tomar un bus y recorrer varias millas a través de la nieve para ir a la escuela. Nuevamente, uno podría argumentar que esto, por sí solo, no podría haberle provocado que se sintiera esto de “no ser él mismo”. Pero uno se da cuenta que este fragmento de recuerdo proviene de un gran contenido de memorias, desde el tiempo en que él empezó a sentir que “no era él mismo”. Me sugiere interminables, extraños y nevados viajes en bus, y aprecio ese sentimiento de estar aislado de cuantos conocía, viajando allí, sitiado por la nieve, en pleno campo, todos aquellos años, los cuales él ahora siente, o al menos eso supongo. Entonces digo algo acerca de esos viajes en bus y de sentirse aislado, y así establecemos un nuevo medio de comunicación. Ahora él también emplea la frase “sentirse aislado”. Puede que haya acertado, pero más importante es que me haya dirigido a esa masa de de significados y pensamientos sentidos, a ese proceso de sentimiento que se desarrollaba en su interior mientras hablaba, en vez de apuntar a esas palabras tomándolas como un fragmento de comunicación verbal. De este modo podemos ir comunicándonos cada vez con más sentido; pese a la conversación caprichosa o externalizada y trivial, y aunque a menudo avancemos a tropezones.


(2) Responder al silencio en referencia al experienciar:

Pero he elegido ejemplos fáciles. Cuando este cliente me habló de la máquina compulsora electrónica llevábamos ya seis horas de silencios y diálogos triviales. Era necesario que le respondiera cuando aún no estaba dispuesto a compartir casi nada conmigo. Quería saber qué intentaba hacer con él, cuándo acabaría, cuando dejaría de tener que venir a podría volver a casa. No tenía nada que decir. Silencio y más silencio… Una vez interrumpí uno de esos silencios durante los cuales permanecía sentado, muy tranquilo aparentemente entregado a sus pensamientos, y le dije con voz muy suave: “Parece estar pensando o sintiendo algo muy importante. Por supuesto, no sé nada, pero eso es lo que imagino. No quieto interrumpirlo, pero me gustaría de veras que quisiera compartir esos pensamiento conmigo”. “¿Qué? ¿Quién, yo? ¿Qué, pensando qué?”, grito él, evidentemente asustado. Además, parecía que consideraba mis palabras inapropiadas, falsas, estúpidas. Con todo es preciso soportar estos momentos porque nuestra interacción no podrá llegar a ser cálida, íntima, personal, si ninguno de los dos procura que lo sea.

Al cabo de un tiempo esas expresiones mías, esas fantasías o implicancias de que ambos experimentábamos sentimientos importantes, ya no despertaron en el cliente un rechazo, sorprendido: a menudo fue un silencio cercano al asentimiento y luego una sensación explícita de que nuestros silencios eran subverbalmente importantes, profundos, plenos de riqueza. Una cliente le puso un nombre a esto cuando dijo: “Estoy haciendo terapia silenciosa por un tiempo”.

Más adelante esta misma clienta dio una descripción todavía mejor del proceso de sentimiento interior que puede desarrollarse durante esta interacción subverbal; para entonces podía especificarlo mucho mejor, y dijo: “Cuando me turbo o inquieto no puedo respirar. Por supuesto sé que debo estar respirando, pero es como si no pudiera hacerlo. Al rato de haber estado aquí, respiro”.

Creo que ha querido decir que en estos silencios hay un flujo interior; un proceso de sentimiento introspectivo que nace o es liberado.

No se entienda con esto que la interacción subverbal sólo se da durante los silencios, si bien estos parecen ser un factor importante. En los primero ejemplos, extraídos de una conversación, trataré que mientras reparamos en los silencios y en las conversaciones (y en las palabras dichas antes y después de un silencio) están ocurriendo muchas más cosas dentro del individuo, en su proceso de sentimiento. A menudo sus palabras y aspecto nos dan una pista para continuar respondiendo a su proceso de sentimiento, pero aún en caso negativo podemos responderle dirigiendo hacia él nuestras palabras, expresando algo de nuestro propio proceso y engendrando así una importantísima interacción subverbal.



3) Responder a las verbalizaciones incompletas en referencia al experienciar:


De un modo extremo, la interacción subverbal puede ser ilustrada con el hombre con el cual pasé cerca de seis meses de encuentros, que consistían sólo en estar cerca de él en sala de internación. Cada vez que le pedía que fuera a una oficina conmigo él hablaba, pero sólo para decirme que me fuera y lo dejara solo. Sin embargo, si yo venía solamente para estar cerca de él donde estuviera en la sala, él permanecía, usualmente, toda la hora, independiente del hecho de que él sabía que yo me podía ir si él se alejaba. En esa hora solíamos intercambiar muchas miradas, gestos, y unas cuantas frases. A menudo, esto quiere decir, cada unos cuantos minutos de silencio, yo podía decir algo sobre la tensión que yo sentía, y sobre mi deseo de que nuestros silencios se sintieran adecuados, así como también mi deseo de oírlo decir algo, y mi conocimiento de que se sentía incómodo y tenso en mi compañía. Al cabo de un tiempo empezó a decir una frase o dos, que solían ser una especie de resúmenes brotados, al parecer, de una gran agitación, sentimientos y pensamientos interiores, tales como: “Quizás estoy loco”, o “Alguien debe tener un uso para una persona”, o “No sé si usted está a favor o en contra mío”, o “Simplemente ellos no tienen corazón”, o “Me gustaría agarrarlos y sacudirlos de los hombros para que se despierten”. Pueden pasar algunas horas sin que se diga nada. A veces él aceptaba mis respuestas a sus formulaciones, pero en otros momentos (más frecuentemente) me indicaba que sería mucho más fácil conversar conmigo si me callaba: Si yo respondía verbalmente el diría algo como: “No me presione”, o “Usted es demasiado curioso”, o “A lo mejor usted está contra mí”, o “Hoy hace un calor espantoso”. Solía reaccionar ante cualquier movimiento leve, indicio de inseguridad o palabrerío de parte mía echándome una súbita mirada ominosa o alejándose tres pasos más allá. Así que aprendí a permanecer callado mientras él hablaba; quizás unos cuantos minutos después le diría algo de lo que pensaba sobre eso. Unos minutos después estos serían mis pensamientos acerca de eso.

No podía decirse que no ocurriera nada mientras acompañaba a este hombre, de pie, los dos callados. Me daba cuenta de que él mantenía una gran actividad interior y de que yo tenía mucho que ver con ese proceso íntimo, con su calidad. Esta es la clase de interacción que yo llamo “subverbal”.

El desarrollo desde las entrevistas iniciales a las posteriores involucra el establecimiento de la interacción subverbal. En cantidad, la proporción de habla y de silencios no cambia desde la segunda a la trigésima entrevistas; según nuestra investigación (11). Sin embargo, en el transcurso del tratamiento los silencios adquieren una importancia subverbal y un valor terapéutico e incluso las palabras se hacen más importantes, según lo demuestran los descubrimientos hechos en las escalas de Kitner y Experiencial. Así pues, la interacción subverbal no constituye un tipo de terapia verbal, sino que más bien un esfuerzo por alcanzar el proceso de sentimiento más vasto y profundo de “experienciar” (4, 21) que se desarrolla a cada instante dentro de cada individuo, y en cuyo seno se desenvuelve la psicoterapia. Vengan o no al caso, las palabras sólo son mensajes enviados desde este proceso más profundo, simples simbolizaciones del experienciar.

Yo no sé si el individuo se pone bien dentro de esta amplia interacción subverbal, o si eso pasa sólo después con una elaboración más verbal de sus dificultades.

Nuestras observaciones parecen indicar que, al menos en la fase inicial, y a menudo en la fase final también, la psicoterapia consiste ampliamente en interacción subverbal basada en el proceso de sentimientos (“experienciar”) que está ocurriendo dentro del individuo. La auto-expresión del terapeuta en el momento interactivo puede engendrar esta interacción subverbal y afectar terapéuticamente el curso de este proceso de sentimiento.

Notas al pie de página:
[1] Este escrito fue presentado en la Convención de la Asociación Americana de Psicología de 1961 en New York en un simposio titulado “Progresos terapéutico y de investigación en un programa de psicoterapia con esquizofrénicos hospitalizados”.
[2] El proyecto fue financiado por la Sociedad para la Investigación de la Ecología Humana y la Fundación de Graduados Wisconsin para la Investigación. Actualmente es financiada por el Instituto Nacional de Salud Mental. El proyecto es dirigido por Carl Rogers, Ph.D; Eugene T. Gendlin, Ph.D; y Charles B. Truax, Ph.D; en el Instituto Psiquiátrico de Wisconsin, Universidad de Wisconsin, y el Hospital Estatal de Mendota, Madison, Wisconsin, con la colaboración de los Doctores j. Urben y G. Tybring.

Referencias:

1. Bergman, P. Questions which practice poses to research. Paper presented at the 1962 American Psychological Association Convention, in a Symposium titled "Research and Practice."
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(*) Traducción: Luis Robles Campos (Marzo, 2011).
Psicólogo, Universidad de Tarapacá, Arica – Chile.
Fousing Trainer acreditado, Focusing Institute, New York.
Estudiante de Magíster en Psicología Clínica Adultos,
Universidad de Chile – Santiago de Chile.
luisrobles1977@gmail.com

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