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sábado, 18 de agosto de 2007

De la Intervención a la Facilitación en las Crisis:

DE LA INTERVENCIÓN A LA FACILITACION EN LAS CRISIS:
UN MODELO CENTRADO EN LA PERSONA

Javier Armenta Mejía

Revista del Consejo para la Enseñanza e Investigación en Psicología CNEIP Vol. 7, No.2 Julio – Diciembre 2002


RESUMEN

El presente articulo propone algunas ideas acerca de la aplicación del enfoque centrado en la persona en situaciones de crisis. Se establece un modelo tentativo para el trabajo terapéutico en las crisis, básicamente desde una perspectiva orientada al crecimiento. Se explican algunos de los principios de la facilitación de las crisis basándose en un enfoque de recursos o de las competencias y no en un enfoque diagnóstico. Se revisan brevemente algunas actitudes del enfoque centrado en la persona y ciertos elementos existenciales que actúan como recursos del terapeuta al trabajar en la facilitación en crisis.

Indicadores: Intervención en crisis; Facilitación; Terapia centrada en la persona.
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UN ENFOQUE FENOMENOLÓGICO

Son aproximadamente las tres de la madrugada. El teléfono suena y del otro lado de la línea se oye una voz de mujer llena de desesperación y de cansancio. Dice tener 54 años, haber perdido a su esposo hace un año y estar a cargo de sus tres hijas adolescentes. Comenta que no le pesa trabajar, sino sentirse impotente y en ocasiones inútil, como una carga.

"Lo de mi esposo fue muy duro, pero como que todos nos unimos y yo me puse a trabajar para sacar adelante a mis hijas. Esto nunca me pesó y hubiera hecho eso y lo que fuera porque ellas estuvieran bien. ¿Sabe?, hace como seis meses me atropelló un camión y me rompió las dos piernas. Desde entonces la desesperación no me deja. Mi hija de dieciséis años tuvo que dejar la secundaria y ponerse a trabajar en una maquiladora. Nosotros no somos de aquí y no tenemos a nadie en la ciudad. He empezado a pensar que tal vez pueda ayudar más a mis hijas estando muerta que aquí en esta silla, sin poderme mover. Ya son tres operaciones y el doctor dice que no me asegura que pueda caminar pronto; que debo esperar por lo menos seis meses para valorar en cuánto tiempo mis piernas tendrán la fuerza para volver a caminar. Ya lo he pensado en varias ocasiones, e incluso lo intenté hace como dos meses. Se me hizo fácil tomarme un frasco de pastillas. Sólo pensaba en aligerarles a mis hijas esta carga y terminar con la maldita desesperación".

Crisis, emergencia y salud: ¿una tríada discordante?

La anterior trascripción es parte de una llamada real a una línea de intervención en crisis y sirve a manera de un acercamiento vivencial a lo que puede significar en la vida cotidiana de una persona el enfrentamiento con una situación que la desorganiza externa e internamente. Ubicados dentro de tal contexto de crisis y de su manejo terapéutico, podría plantearse una serie de cuestiones desde una perspectiva del crecimiento personal o de los recursos constructivos del individuo en crisis.

Esta orientación podrá parecer ingenua, simplista o inclusive hasta arriesgada a aquellos que optan por modelos de intervención en crisis basados en enfoques diagnósticos, cognitivos o de resolución de problemas (Aguilera y Messick, 1978; Bergman, 1990; Capuzzi y Golden, 1988; Ellis y Newman, 1996; Hafen y Frandsen, 1986; Rosenfield, 1997; Wolbert y Baldwin, 1981).

En este sentido, las preguntas que quisiera plantear como trasfondo de este escrito son las siguientes: ¿Se puede "intervenir" o facilitar las crisis? ¿Cómo se acompañaría a un individuo en crisis desde una postura centrada en la persona? ¿Qué sucede con la tendencia actualizante en la crisis? ¿No será peligroso confiar en la capacidad del ser humano para resolver sus problemas? ¿De qué recursos se puede disponer para --más que intervenir-- facilitar y acompañar al otro en su crisis? ¿Se puede mezclar la autodirección y la autodeterminación a la mitad de una crisis? ¿Se puede ser no directivo en la crisis? ¿Cómo puede un facilitador convertirse en un recurso más para que la persona resuelva su crisis?

La tendencia actualizante y la crisis

El enfoque centrado en la persona, surgido a partir del trabajo clínico de Carl Rogers (1942), toma como elemento fundamental a la tendencia actualizante, definida como un proceso permanente y constante en que "el organismo tiene una tendencia a mantener y desarrollar al organismo experienciante" (Rogers, 1951). Más de cuarenta años de trabajo terapéutico de Rogers con individuos y grupos, como facilitador o catalizador de los recursos de la persona, lo llevaron a confirmar la hipótesis de la tendencia actualizante, que sirve como el punto o el eje central desde el cual se articulan las "condiciones necesarias y suficientes del proceso terapéutico". Es decir, que la empatía, el aprecio positivo incondicional y la congruencia sirven como elementos que destraban, desbloquean o liberan la tendencia natural del ser humano al crecimiento y a la salud (Cain y Seeman, 2002).

La hipótesis provisional y tentativa que podría establecerse en relación con el manejo centrado en la persona de las crisis podría ser la siguiente: Dadas las condiciones para asumir el marco de referencia interno del cliente, aceptar a la persona en su totalidad, establecer una relación de aprecio positivo incondicional y ser un acompañante congruente en dicha relación, la persona en crisis podrá ir desde la desorganización interna de la crisis hacia una reorganización o integración de la experiencia y de sus elementos amenazantes.

Aunque dicha proposición parece simplista, el presente escrito tiene como meta establecer o explicar lo que implica dicha hipótesis de trabajo terapéutico.

Si se revisa lo que se entiende por crisis, se encuentra que puede definirse como "una combinación de situaciones de riesgo en la vida de una persona que coinciden con su desorganización psicológica y necesidad de ayuda. La crisis representa tanto el peligro de una mayor vulnerabilidad al trastorno mental, como la oportunidad para el desarrollo de la personas (Gómez del Campo, 1999). Las crisis representan momentos de la vida de una persona en donde se pierde el statu quo; son básicamente un periodo de enfrentamiento con 10 no familiar, lo imprevisto, amenazante o profundamente doloroso. Desde esta postura, sería absurdo pensar que las crisis son un sinónimo de psicopatología o de enfermedad (Rubin y Bloch, 2001); antes bien, son espacios que generalmente requieren de la persona una mayor utilización de sus recursos. También una crisis representa un momento de vulnerabilidad en que la conciencia de los recursos de que se dispone puede obstruirse, minimizarse o inclusive, temporalmente, funcionar de manera imperceptible (Merry, 2000).

Así, el funcionamiento de la persona en crisis se puede caracterizar por lo siguiente:

Campo perceptual rígido y limitado por el impacto del evento: la persona puede vivir la crisis como si no tuviera otras opciones, o como si la forma en la que experimenta las cosas no pudiera sufrir una modificación. Pareciera que la visión o el horizonte de la vida se congelara y la crisis matizara temporalmente el estado emocional de la persona.

Desorganización del self: si la crisis es un periodo de vulnerabilidad, la desorganización es la consecuencia lógica de vivir dentro de una crisis. Dicha desorganización ocurre por los elementos amenazantes que tienden a atacar la consistencia o el concepto que la persona tiene de si misma.
Sentimientos amenazantes: aquí podría incluirse una lista tan extensa y tan particular como lo es cada individuo. Los sentimientos amenazantes o dolorosos dependerán de la persona que vive la crisis, de su historia de vida y de su manera de enfrentar otras crisis.

Falta de contacto con las experiencias organísmicas: como la crisis crea vulnerabilidad, este periodo de inestabilidad se ve caracterizado por no estar en contacto totalmente con lo que la crisis genera en la persona. El recorrido hacia la salud es permitir que nuevamente la vivencia organísmica de la situación quede integrada a la totalidad del individuo.

Dificultad para simbolizar la experiencia vivida: que se podría entender como una dificultad temporal para integrar la crisis; es una especie de no aceptación de lo que se está viviendo o de los sentimientos que se experimentan, y en donde el individuo enfrenta la crisis con lo que tiene en ese momento. La conducta, tal como pensaba Rogers (1951), es fundamentalmente "el esfuerzo intencional del organismo para satisfacer sus necesidades tal como las experimenta, en el campo tal como lo percibe". De ahí que ante la misma crisis podrían tenerse las más diversas reacciones, dependiendo de la manera en que ocurre la percepción de dicha crisis y de lo que la persona puede hacer para resolverla.

A partir de lo anterior, se ve la importancia de la facilitación en la crisis, ya que, precisamente porque la persona sufre una desorganización, es más receptiva a la ayuda externa. La facilitación efectiva o el acompañamiento en la crisis funcionaría como un tipo de prevención primaria de trastornos posteriores o de disfuncionalidad en las personas (Everstine y Everstine, 1983).

Debe recordarse que las crisis son situaciones que están presentes a lo largo de la vida del ser humano y que algunas son inevitables. El hecho de estar vivo implica que en algún momento la persona atraviese por momentos de crisis o se enfrente a lo que Emmy van Deurzen (1998) llama las "paradojas del vivir". El enfrentamiento saludable de dichas crisis y su integración generaría personas con más recursos para una vida mejor vivida, al igual que la no resolución o la falta de integración puede propiciar una merma en la capacidad para un vivir más pleno.

En un sentido existencial, todos --facilitadores o clientes-- estamos expuestos de igual manera a las crisis. No existe, desde una perspectiva humanista, la distinción o separación entre los facilitadores saludables y los clientes en busca de ayuda. La realidad es que ambos comparten en el proceso del vivir su humanidad, su búsqueda de una mayor plenitud. Son, más que diferentes, "compañeros de viaje" en la travesía llamada vida (Rubin y Bloch, 2001; Van Deurzen, 1998; Yalom, 2002).

Por otro lado, a diferencia de la psicoterapia, la facilitación en crisis es un proceso intensivo, generalmente limitado en el tiempo, anclado en la búsqueda de soluciones realistas y que trabaja con lo más urgente en el momento (Hoff, 1978).

El proceso de la facilitación en crisis tendría como objetivo el permitir una reorganización del self de la persona, quien probablemente, por la situación que vive, puede experimentar sentimientos que van desde la tristeza, el dolor, la angustia o la desesperación, hasta la culpa, el castigo o la pérdida del sentido de la vida (Lukas, 2000).

Entendiendo la situación de una persona en crisis y desde este enfoque, seria de vital importancia crear un clima psicológico no amenazante donde se facilite: a) la expresión de los sentimientos de la persona; b) la integración de los elementos amenazantes de la crisis; c) la aceptación de la persona y de su forma particular de reaccionar; d) la búsqueda conjunta de soluciones alternativas, y e) la valoración de la dignidad y el respeto del individuo en crisis (Merry, 2000).

RECURSOS PARA EL ACOMPAÑAMIENTO EXISTENCIAL

La propuesta básica de este escrito es que, desde una perspectiva centrada en la persona, toda crisis puede ser facilitada o acompañada existencialmente. Tal postura se encuentra brevemente descrita en los siguientes puntos, que serian como hilos o partes de una gran totalidad, que aquí se separan para una mayor comprensión, pero que en la relación con el cliente aparecen juntos, de manera total, y que engloban a la persona del facilitador, lo que realiza en la crisis o su manera de "estar con" el cliente.

Comprensión empática

Tal vez uno de los elementos centrales del proceso terapéutico sea el hecho de que el terapeuta trata de entender el mundo del cliente desde la perspectiva del cliente mismo. Implica un esfuerzo por abandonar una evaluación externa o un juicio sobre aquél y su situación. Es entender lo que la crisis significa para la persona en ese momento y los sentimientos que todo ello le generan (Yalom, 2002).

Los resultados de escuchar verdaderamente al otro son terapéuticos. Implican adoptar una percepción muy fina para poder ir adentrándose en el mundo de significados y de sentimientos de la persona. En este sentido, la empatía funciona a través de una constante sintonización del mundo subjetivo del otro. Aunque la comprensión empática llegue a ser exacta en relación con lo que la persona experimenta, hay que recalcar que finalmente el entendimiento del terapeuta siempre es tentativo, no impositivo, y que siempre concede al cliente la última palabra en cuanto a sus vivencias (Haugh y Merry, 2001; Sánchez, 1999).

Vanaerschot (1990, 1993) señala como resultados de la comprensión empática: a) el sentirse valorado y aceptado como persona, b) el sentirse confirmado en la propia existencia como una persona autónoma con su propia identidad, c) el aprender a aceptar los sentimientos propios, d) el disolver la alienación y e) el aprender a confiar en la propia experiencia.

La empatía, además de servir como un proceso que le permite a la persona verse más claramente, puede ayudar a "deconstruir" una serie de experiencias que la persona vive como angustiantes, dolorosas o difíciles (Watson, Goldman y Vanaerschot, 1998).

Remitiéndose a la transcripción presentada al principio de este trabajo, en donde después de aproximadamente cuarenta minutos de escuchar a la mujer, y teniendo el presente autor una visión sumamente restringida de los recursos externos que tenia la persona ya que no contaba con nadie en la localidad, se dispuso a seguir escuchándola para tratar de entender el impacto que todo eso había tenido para ella. Entre la parálisis momentánea sentida y la incongruencia de decirle que no se preocupara o de darle una alternativa que hubiera leído en cualquier libro, pero inválida en ese momento existencial de su vida, este autor acompañó a la persona en su desesperación y desfallecimiento. Al final de casi una hora en la que prácticamente la intervención fue mínima y de un carácter empático o clarificador, y ante el hecho de que posiblemente la persona no hubiera obtenido la ayuda que buscaba, la mujer dijo: "¿Sabe?, a lo mejor puedo enfrentar esta desesperación si escribo en un cuaderno todos los días cómo me siento, como si fuera un diario. Yo creo que sólo así puedo seguir, porque cuando esta desesperación me llega, es como si me asfixiara". Finalmente, la mujer agradeció el que se le hubiera escuchado. Sin embargo, al colgar el teléfono, este autor entendió con bastante sorpresa que en tal situación la solución la había encontrado ella y que él nada más había sido un "otro" que escuchaba con interés y con aceptación. En efecto, ya Rogers (1961) señala que "es el cliente quien sabe qué es lo que le afecta, hacia dónde dirigirse, cuáles son sus problemas fundamentales [y] que lo mejor sería confiar en la dirección que el cliente mismo imprime al proceso".
Aceptación del cliente

Trabajar en un servicio de intervención en crisis significa encontrarse con las más diversas situaciones de urgencia, que para un terapeuta o facilitador pueden llegar a ser agobiantes.

El aprecio positivo incondicional postulado por Rogers (1951) implica considerar al cliente como una persona digna por derecho propio. Es entender que el "otro" es diferente a uno y que su forma de ser y de actuar merece respeto.

La aceptación no es un tipo de aprobación; ésta puede ser tan nociva como el rechazo mismo. La aceptación significa que la persona --independientemente de cómo sea, de sus elecciones, de su forma de pensar o de su forma de enfrentar la crisis-- merece respeto y comprensión, así como la confianza de que sus potencialidades están en un proceso de resurgir (Ackerman, 1997; Rubin y Bloch, 2001).

En este mismo sentido, "El desarrollo del potencial humano privilegia la experiencia del encuentro como el principio de creación que se basa en una presencia, es decir, en reconocer a la persona tal como es" (Jarquín, 2000). Tal vez, como señala Lietaer (1984), el aprecio positivo incondicional puede ser una actitud terapéutica controversial, sobre todo en los círculos terapéuticos basados en un modelo de enfermedad o donde el terapeuta se asume como el que dirige, soluciona, ayuda o saca al otro de su crisis.
Autenticidad

Si se considera la situación terapéutica como una relación de "persona a persona", se entenderá que el terapeuta no puede representar un papel o presentarse ante el cliente con una máscara o como un experto (Wyatt, 2001; Yalom, 2002). Rogers (1951) pensaba que, en su encuentro con el cliente, el terapeuta debía ser él mismo, lo que significa que no debía aparentar o tratar de dar una buena impresión; por el contrario, debía simplemente entrar a la relación terapéutica de manera genuina y auténtica.

El terapeuta se convierte en un recurso terapéutico fundamental en razón de su autenticidad. Esta le permite ser transparente, es decir, reaccionar honradamente y compartir sus sentimientos, si es que ello es terapéuticamente constructivo para el cliente (Cain y Seeman, 2002; Sánchez, 1997).

En relación con la transparencia y la autorrevelación del terapeuta, puede reconocerse, con Jarquín (2000), que "... el otro existe significativamente en tanto me abro a él. En el trabajo de facilitación y psicoterapia es fundamental, ya que el cliente podrá lanzarse a explorar, en la medida que surge la posibilidad de ser arrojado a una forma de existencia más plena y más auténtica, sobrepasando su estilo antiguo de vivir, cargado de miedos y sentimientos inútiles que le hacen patinar y hundirse en un terreno movedizo, sin fin ni sentido". De ahí la importancia de que el terapeuta pueda presentarse en esta relación de manera congruente y ser él mismo a través de un encuentro interpersonal. Es en esa nueva relación auténtica y profundamente personal que los viejos aprendizajes de humillación, desconfianza, decepción o defensa van perdiendo validez a la luz de una nueva manera de estar con un "otro" significativo. El aprendizaje interpersonal que la persona realiza le ofrece una forma más saludable y funcional de ser y estar con los demás que son significativos en su vida.

La relación dialógica

Un elemento fundamental dentro de todo proceso que se señale como facilitador del crecimiento de la otra persona es la relación que se establece como medio o catalizador del crecimiento personal del cliente en crisis (Bárcena y Melich, 2000). Para que se establezca esta relación, que privilegia a la persona del cliente y al diálogo genuino con el otro, se abandonan los modelos diagnósticos o aquellos que consideran al terapeuta como "poseedor de la verdad" o conocedor privilegiado del cliente y de su vida (Yalom, 2002). Desde una perspectiva existencial, "ya no tenemos ante nosotros a un enfermo que hay que curar, a un ignorante que hay que enseñar, a un indigente que hay que salvar, sino a una persona que es una presencia dirigida al mundo" (Jarquín, 2000). En este sentido, podemos establecer que en dicha relación facilitadora el diálogo es "una forma especial de acercamiento en donde las personas están en contacto el uno con el otro y comparten lo que experimentan sin tratar de conseguir un resultado; cada uno apreciando al otro como una fuente separada de experiencia y de valoración; ambos diciendo lo que realmente quieren expresar" (Yonteff, 1998).

En la relación dialógica, el "encuentro" no es una acción planeada, una técnica depurada o un recurso para aplicárselo al cliente; muy al contrario, ocurre al realizar un acercamiento humilde a la realidad del "otro"; es una forma empática de tratar de entender, de dejarse llevar o ser guiado por el cliente mismo, y a la vez "estar presente", con todo lo que genuinamente es uno en ese momento (Cain y Seeman, 2002).

Este tipo especial de relación es un encuentro interpersonal, no una relación de experto a consultante, y mucho menos de terapeuta a enfermo, sino de persona a persona; es un estar aquí y ahora para el "otro". Cabría agregar que hay tantas formas de entender o de llevar a la práctica la relación dialógica como personas o facilitadores existen. Tratar de copiar estilos, de parecerse a la forma en que un terapeuta particular crea espacios de facilitación y encuentro, sólo puede conducir a ser copias desgastadas o malhechas de otros. En última instancia, es perder la propia dirección siguiendo la de otro. Aquí, nuevamente, se debe buscar hacia adentro para encontrar el propio estilo y la propia manera de ser un agente que promueva un diálogo y un encuentro genuinos.

Algunos autores como (por ejemplo Yonteff, 1998) establecen como características de la relación dialógica algunas de las siguientes:

Inclusion: el facilitador, adoptando una postura fenomenológica, trata de entrar y compartir el mundo interno del cliente sin perderse en él, sino anclado en su propia experiencia organísmica (Mahrer, 2002).

Confirmacion: al adentrarse en el marco de referencia interno del cliente, de alguna manera se confirma --al nivel de un entendimiento y aceptación plena-- toda la experiencia de esa persona. La confirmación del cliente no sólo ocurre a partir de lo que "es" en un momento dado, sino que, parte del proceso del acompañamiento, es una gradual confirmación, a modo de un destello a lo lejos, de lo que la persona "puede ser", de sus recursos o potencialidades latentes o no asumidas como propias. Tal como afirma De Barbieri (1996) desde una perspectiva logoterapéutica: <>.

Compromiso al dialogo: el facilitador está presente y en contacto con lo que emerge entre cliente y terapeuta. Siempre hay una actitud receptiva o de valorar y aceptar por igual cualquier comunicación de la persona y de su proceso. El compromiso al diálogo congruente implicaría que en este proceso el mismo facilitador, al ser un acompañante receptivo, dispuesto e involucrado, puede verse cambiado él mismo en el proceso.

La no-directividad en una crisis

Es posible caracterizar una crisis como un periodo en donde la confusión, el caos o el desequilibrio es una constante. La lógica diña que ante la falta de estructura es necesario adoptar una dirección y darle forma al caos reinante. Inclusive sería terapéutico salir de esa desorganización interna y externa. El problema es cómo se llega a una estructura y a una dirección tales que le permitan a una persona empezar a asimilar o resolver una crisis. Algunos terapeutas optan por aconsejar al cliente, y tal vez sus intervenciones sean del tipo: "Yo creo que tú no debes sentirte así porque ...", "Lo que tú tienes que hacer es ...", "Para estar mejor debes hacer lo que yo te digo" u otras similares.

Bastaría con agregar que, tanto en la psicoterapia como en la intervención en crisis, los consejos difícilmente ayudan a las personas. Además, un tipo así de terapeuta no trabaja con los recursos de la persona; toma el control del proceso y trata de dirigir al otro desde lo que él cree que es lo mejor, o desde sus valores o elecciones.

El aspecto fundamenta] que debe recordarse es que hay que trabajar con la persona, pero no en su lugar, pues ello genera dependencia hacia el terapeuta, que curiosamente se considera a si mismo omnisciente y bondadoso ya que se dedica a "solucionar" o "arreglar" la vida de las personas. Para el enfoque centrado en la persona, la forma de abordar el problema es a través de un trabajo en colaboración. El cliente y el terapeuta trabajan juntos sobre las posibles alternativas; incluso el terapeuta puede ofrecer su visión de las cosas, pero aclarando que es su manera de ver algo y no la solución correcta o la que el cliente debe intentar.

Finalmente, la dirección que debe tener un proceso terapéutico --o, en este caso, una facilitación en crisis-- es la dirección del cliente, no la del terapeuta. En la medida en que el cliente pueda decidir y seguir rumbos congruentes con su forma de ser, en esa misma medida crecerá su sentimiento de autovaloración, retornará el control o será agente activo sobre el rumbo de su propia vida.

La reorganización del self: del dolor obstinado al diálogo compasivo

Debido al impacto de la crisis, la persona puede vivir o experimentar sentimientos dolorosos, incómodos o desorganizados. Tal tipo de sentimientos --podría suponerse-- generan procesos en donde el concepto que la persona tiene de si (self) se ve afectado negativamente y repercute en las otras áreas de su vida (Greenberg y Paivio, 1997; Rubin y Bloch, 2001).

Parte de la labor de facilitación es, como se mencionó anteriormente, un acompañamiento existencial en el que, a través de la creación de un espacio emocionalmente seguro y libre de amenazas, la persona pueda realizar un trayecto de integración que va desde la percepción de un dolor que no tiene fin, hasta un diálogo compasivo que le permita asimilar la experiencia de la crisis (Greenberg, 2000).

En este proceso, ayudaría a la integración de la crisis el recurso de la clarificación, toda vez que por los mismos sentimientos --muchas veces desbordados--, la persona puede experimentar un mundo interno caótico o inclusive aterrador. Escuchar empáticamente e ir clarificando los sentimientos y percepciones de la persona genera un proceso gradual para reacomodar la forma en que todo esto se ha asimilado.

Otro elemento de suma importancia es la confrontación; como la intervención en crisis es un tipo de trabajo intensivo, el terapeuta se vuelve más activo que en la psicoterapia tradicional. La confrontación tiene como objetivo hacer ver las discrepancias entre lo que el cliente dice y hace, entre el self real y el ideal, entre el sentimiento y la conducta.

La confrontación aparece muchas veces como un regaño o como una expresión del enojo o de la impotencia del terapeuta. Sobra decir que esto no es confrontación, y mucho menos es terapéutico.

Puede entenderse la confrontación desde el enfoque centrado en la persona como una forma particular de la comprensión empática. En este sentido, el terapeuta ofrece su percepción de una incongruencia de manera tentativa, no impositiva, con respeto y con el propósito de que el cliente explore un área determinada.

En la facilitación de la crisis la confrontación tiene como objetivo que la persona reconozca lo que hace o a lo que contribuye en un proceso disfuncional. A partir de "darse cuenta" de que el problema se mantiene en parte por algo que el mismo cliente hace, surge la posibilidad de dejar de hacer "más de lo mismo" y de encontrar nuevas formas de enfrentamiento mas constructivas y funcionales.

En el proceso de un diálogo interno compasivo, cabría resaltar la importancia que para la integración de la persona tienen las "configuraciones del self", entendidas como partes de la totalidad del concepto que la persona tiene de si misma.

Mearns y Thorne (2000) definen a las configuraciones del self como "un constructo hipotético que denota un patrón coherente de sentimientos, pensamientos y conductas simbolizadas o presimbolizadas por la persona como reflejo de una dimensión de la existencia interna del self". La labor del terapeuta consiste en crear un espacio seguro para, utilizando la comprensión empática, empezar a explorar las áreas o aspectos de la crisis que no encajan con el autoconcepto del cliente y le producen sufrimiento. Y cuando se piensa en esas áreas problemáticas, hay que recordar que no es la totalidad de la persona, sino únicamente una parte, una configuración del self.

En dicho proceso, cuando una persona dice que ha perdido toda esperanza de vivir, que siente que no vale la pena seguir aquí, el terapeuta puede entender la situación y acercarse a la persona consciente de que lo que valida a través de la comprensión empática no es la totalidad de esta persona, y que --aunque ni la misma persona lo experimenta en este momento-- hay más partes del self que probablemente no tienen este nivel de desesperanza o desilusión (Cain y Seeman, 2002; Gendlin, 1996).

Desidentificación, acercamiento y focalización

Dentro del focusing (Gendlin, 1996), uno de los elementos que se podría aplicar a la facilitación de crisis seria el de la desidentificación, sobre todo en procesos que pueden paralizar, aterrar o generar sentimientos de una gran intensidad. Lo anterior implica que si un incidente ha sido en extremo traumático y doloroso, probablemente el solo recuerdo o narración de lo sucedido regrese a la persona a la situación de angustia o pánico que vivió. Ante ello, la opción terapéutica es crear una mayor distancia con el suceso para poder iniciar un trabajo terapéutico (Leijssen, 1998).

La desidentificación significa transitar, por ejemplo, desde la experiencia de una persona que puede decir "Me siento aplastado o acabado" hacia una construcción de la experiencia que dice: "Una parte de mi (o hay algo en mi que) se siente aplastada o acabada". Como se ve, se respeta el sentimiento, pero se crea una mayor distancia emocional que posibilita un trabajo terapéutico de integración. Así, crear una mayor distancia no significa negar, invalidar o distorsionar el dolor o lo que la otra persona vivió, sino permitirle integrar una experiencia traumática de la manera menos dolorosa y sin volver a reexperimentar lo sucedido o sentirse traumatizada nuevamente. En el caso de que la persona no pudiera contrarrestar los sentimientos de una experiencia traumática (insensibilización), el lineamiento terapéutico sería acortar la distancia y acercar la experiencia lo necesario para poder integrarla (Greenberg y Paivio, 1997).

Podría concluirse que en este tipo de situaciones el elemento que hay que buscar, tal como lo dice Weisser-Cornell (1996), es el de la "distancia adecuada" a fin de poder "llevar la experiencia hacia adelante" para realizar una mejor integración intrapersonal (Mahrer, 2002).

Retroalimentación y autorrevelación

La retroalimentación y autorrevelación implican que el terapeuta puede participar activamente en el proceso terapéutico ofreciendo honradamente su percepción del cliente o de su situación, sin privilegiar su postura sobre la de éste, sino ofreciendo únicamente su punto de vista. La retroalimentación del terapeuta también puede ocurrir a través de la autorrevelación (self-disclosure), en la que comparte con el cliente aspectos de su historia personal, siempre y cuando ello sirva a éste y no sea una necesidad del propio terapeuta.

Movilización de recursos

La aparición de una crisis se enfrenta de manera más efectiva cuando la persona puede tener una red de apoyo social, como sus familiares cercanos o sus amigos, quienes pueden apoyarla emocionalmente o simplemente escucharla y estar presentes en los momentos críticos. En efecto, una crisis vivida aisladamente o en completa soledad puede agravarse o hacerse más intensa.

El papel del terapeuta es conectar a la persona con los recursos de que ésta disponga: desde los recursos internos, que generalmente la persona en crisis no ve o no cree tener, hasta los recursos externos, como su contexto social inmediato o incluso algunas instituciones que puedan brindarle apoyo.

Agencia y reconstrucción narrativa

En este proceso, el facilitador camina al lado del cliente, pero no lo guía ni le impone sus propias elecciones; antes bien, busca que a través de la relación terapéutica el cliente vaya retornando su capacidad de decidir hacia dónde va y de qué manera lo hace (Guttmann, 1998; Lago y MacMillan, 1999).

El enfoque centrado en la persona concuerda de manera fundamental con algunos autores posmodernos, quienes han establecido que en todo proceso terapéutico el cliente es el experto (Anderson y Goolishian, 1996). Curiosamente, desde hace más de un siglo se ha considerado al terapeuta como maestro, guía o erudito, y esto ha generado procesos terapéuticos que menoscaban la capacidad de autonomía y de decisión de la persona.

En esta perspectiva hermenéutica, y siguiendo a Paul Ricoeur (1991), se podría decir que "la comprensión de si es narrativa de un extremo a otro. Comprenderse es apropiarse de la propia vida de uno. Ahora bien, comprender esta historia es hacer un relato de ella, conducidos por los relatos, tanto históricos como ficticios, que hemos comprendido y amado. Así nos hacemos lectores de nuestra propia vida". Es decir, que desde esta perspectiva posmoderna o narrativa "el trabajo del terapeuta consiste en unirse a los clientes en el desarrollo de una nueva historia de la vida de éstos que les ofrezca una visión algo diferente de su situación" (Lax, 1996). De lo anterior se desprende la importancia que la "identidad narrada" tiene en todo proceso de cambio. En ese mismo sentido, en la medida en que el terapeuta pueda ser un facilitador que comparte el poder, que crea una relación igualitaria de persona a persona, que respeta y que colabora en las decisiones del otro, el cliente irá de la pasividad o la dependencia hacia la responsabilidad en sus elecciones.

Tal vez seña útil preguntarse "qué cambiaría si una persona a la que se ha situado dentro de un relato opresor --que es contado-- lograra que se le reconocieran o se le devolvieran sus derechos de narradora de historias y se encontrara en libertad de contar su propia vida y llegar a ser su propia autora" (Epston, White y Murria, 1996). Lo anterior, de alguna manera, seña parecido a la concepción del enfoque de la psicoterapia existencial, en donde la terapia no busca cambiar a las personas. Se busca, como afirma Jarquín (1996), "una experiencia de encuentro en la que se propicia que la persona busque desde si misma un marco de referencia congruente que enriquezca su horizonte para iluminar su proyecto-mundo y un modo de ser-en-el-mundo que le favorezca ser congruente con su misión de persona y ser auténticamente ella misma" (2).
La facilitación de una historia de crecimiento

Una crisis no es un evento neutral en la vida. Generalmente puede empeorar el funcionamiento individual o puede fortalecer a la persona al ser resuelta efectivamente.

Tomando en cuenta lo anterior, los trabajadores de la intervención en crisis deben tomar conciencia de que la intervención inmediata y adecuada le ofrece a la persona una oportunidad de crecimiento y un funcionamiento más pleno, reduciendo también la aparición posterior de trastornos más resistentes o de carácter crónico.

La posibilidad de construir o de reconstruir el significado o el sentido que una crisis tiene para un individuo se plantea como un elemento fundamental en la historia que la persona cuenta acerca de su propia vida (Bárcena y Melich, 2000; Guttmann, 1998). La posibilidad de ayudar o acompañar en la construcción de historias de vida que tomen en cuenta el dolor, la desesperación o la angustia, pero que también incluyan las ganas o la fuerza con la que se luchó, la esperanza, los recursos de la persona, e inclusive lo que la crisis vino a ofrecerle o a enseñarle, se erigen como un punto clave de todo proceso terapéutico orientado a la solución de problemas, a la salud o al crecimiento del ser humano.

Más que cómplices de historias diagnósticas, que enfatizan lo que le falta a la persona, sus carencias, sus áreas "enfermas" o su psicopatología, se tiene siempre la alternativa de optar por modelos mas funcionales y que al final le ayudan a tener una mejor vida y no le empobrecen el sentido de valoración de sí misma (Lukas, 2000; Mahrer, 2002; Yalom, 2002).

From intervention to crisis facilitation: A person centered model

ABSTRACT

This paper proposes some ideas about the application of the person centered approach in crisis situations. It establishes a tentative model to work therapeutically in crisis, basically from a growth-oriented perspective. It explains some principles of crisis facilitation based on a resource or competency approach, not a diagnostic one. It reviews briefly some person centered attitudes and some existential elements that operate as therapist's resources when dealing with a crisis.
Keywords: Crisis intervention; Facilitation; Person centered therapy.

(2) En cursivas en el original (N. del E.).


REFERENCIAS

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Javier Armenta Mejía
Centro de Estudios Universitarios Xochicalco (1)
(1) Av. Morelos 1793, Col. Independencia, Apartado Postal 2887, 22130 Tijuana, B.C., tel. 6646-387307, Correo electrónico: armentaxavier@yahoo.com.mx. Articulo recibido el 30 de mayo y aceptado el 10 de junio de 2002.

Citation Details
Title: De la intervención a la facilitación en las crisis: un modelo centrado en la persona.Author: Javier Armenta MejíaPublication: Ensenanza e Investigacion en Psicologia (Magazine/Journal) Date: July 1, 2002Publisher: Consejo Nacional para el Ensenanza e Investigacion en PsicologiaVolume: 7 Issue: 2 Page: 341(18)

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