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lunes, 20 de agosto de 2007

Terapia centrada en el cliente: en psiquiatría.



LA TERAPIA CENTRADA EN EL CLIENTE
EN UN CONTEXTO PSIQUIÁTRICO:
DEL DIAGNÓSTICO AL ENCUENTRO CON LA PERSONA

Person centered therapy in a psychiatric context:
from diagnosis to personal encounter


Javier Armenta Mejía
Centro de Estudios Universitarios Xochicalco
[1]


RESUMEN
El presente escrito aborda un enfoque centrado en la persona en el tratamiento de personas con psicosis o que tienen bloqueos en el contacto psicológico. Se revisa el trabajo de Garry Prouty sobre la preterapia, a la vez que se establece una diferencia con el tratamiento tradicional psiquiátrico.
Indicadores: Terapia centrada en la persona; Preterapia; Fenomenología.

ABSTRACT

This text explains the use of a person-centered approach in the treatment of persons that have been diagnosed as psychotics or that are contact-impaired. It reviews Garry Prouty’s pre-therapy, at the same time that it distinguishes it from traditional psychiatric treatment.
Keywords: Person centered therapy; Pre-therapy; Phenomenology.


INTRODUCCIÓN
Después del estudio Wisconsin, llevado a cabo por Rogers, Gendlin, Kiesler y Truax (1967), y aparte de algunas contribuciones individuales, ¿en qué consiste la postura del enfoque centrado en la persona frente al llamado “paciente psiquiátrico”? ¿Existe una perspectiva basada en la comprensión empática y en un acercamiento fenomenológico al mundo interno del cliente que se diagnostica como “enfermo mental”? ¿Cómo se aplica en la práctica dicho enfoque y cuáles son sus diferencias con la terapia centrada en la persona común?


Este escrito explora brevemente la aplicación de la terapia centrada en la persona en el trabajo con personas diagnosticadas por el modelo médico como esquizofrénicos o psicóticos. Se presenta de manera breve el trabajo de Prouty (1994, 1998), basado en la terapia centrada en la persona y en una perspectiva fenomenológico-existencial.


EL MODELO MÉDICO Y EL “PACIENTE PSIQUIÁTRICO”

Desde la perspectiva psiquiátrica, y basándose en el modelo médico de la enfermedad, la persona en su atención psiquiátrica es primeramente evaluada; después se elabora a un diagnóstico diferencial, para finalmente establecerse, con base en lo anterior, un tratamiento específico, todo ello tomando como referencia imprescindible, la mayoría de las veces, al Manual Diagnóstico y Estadístico de las enfermedades mentales (DSM-IV) (American Psychiatric Association, 2000).
Esta postura, que parece muy racional y lógica desde una perspectiva humanista (Cain y Seeman, 2002; Dunn, Holmes y Newness, 2001), muestra sin embargo una serie de cuestiones muy criticables, como las siguientes:

· La evaluación y el diagnóstico al que se llega tienden muchas veces a confundirse con la persona (Moreira, 2001); es decir, se olvida que se está, primero y de manera fundamental, ante una persona, y después, secundariamente, ante un trastorno psicótico. Esto, que pareciera tan simple e inofensivo, tiene profundas implicaciones en la forma y en la calidad del trato hacia la persona que experimenta una psicosis o un trastorno severo.

· Con el paso del tiempo, el diagnóstico pasa a ocupar una gran parte de la identidad o autoconcepto de la persona; por ejemplo, se deja de ver a ésta y a sus múltiples dimensiones, y únicamente aparece la imagen o la etiqueta de un diagnóstico determinado, invalidando otras áreas sanas de la experiencia vivida de esa persona.

· Se realiza un pronóstico de la situación de la persona basándose en datos y marcos de referencia muchas veces ajenos o externos a su particular experiencia. Pareciera, paradójicamente, que quien sufre un brote psicótico es “explicado y entendido” sobre el fundamento de una teoría que no tiene nada que ver con la vivencia particular de dicha persona.
· Muchos de los comportamientos de la persona tienden a ser vistos o entendidos a través del diagnóstico, y sobra decir que dicho diag-nóstico se perpetúa a través del tiempo.

· La persona tiene relativamente poca injerencia en su propio tratamiento. Es como si sólo los “expertos” fuesen quienes pueden decidir acerca de la vida de esta persona y de lo que puede o no puede hacer.

· Muchos tratamientos psiquiátricos se enfocan al área farmacológica, sin conceder atención a los aspectos psicoterapéuticos, y mucho menos a las cuestiones del crecimiento personal de quien sufre una psicosis.

Las anteriores cuestiones son algunas de las críticas que se han hecho al modelo médico en el tratamiento de la enfermedad mental (Joseph y Worsley, 2005). Cabe mencionar también que algunos teóricos del enfoque centrado en la persona, como Sommerbeck (2003), ven posible y adecuada la complementariedad del modelo médico y la terapia centrada en la persona. Su trabajo se propone elucidar la forma en que un terapeuta con esta última orientación puede trabajar de manera congruente en una institución que se adhiere al modelo médico de la enfermedad.

Bajo este trasfondo, las preguntas que se plantean aquí son, a saber: ¿Cuál es la alternativa terapéutica que establece el enfoque centrado en la persona? ¿Es posible trabajar bajo un modelo terapéutico que valora la dignidad y la libertad de la persona dentro de un contexto psiquiátrico? ¿Como puede ocurrir un acercamiento fenomenológico a la experiencia vivida de la persona diagnosticada como enfermo mental? ¿Es posible hablar de crecimiento, de tendencia a la actualización o de salud en esta población? ¿De qué elementos o recursos se puede valer un facilitador o terapeuta para trabajar a favor del crecimiento y el de-sarrollo sanos de la persona que sufre psicosis? (Levitt, 2005; Mearns, 1994; Sommerbeck, 2003; Thorne y Lambers, 1998).


LA ACTITUD FENOMENOLÓGICA

Si se piensa que la fenomenología es el esfuerzo de volver a las cosas en sí, de aproximarse lo más clara y fielmente a la percepción de una situación, pero a partir de la situación misma, entonces en la psicoterapia con la persona psicótica esto se vería en la medida en que el terapeuta o facilitador realiza un acercamiento a la “realidad vivida” de la persona desde el marco de referencia de la persona misma, y no de la teoría o los instrumentos psicodiagnósticos. La dirección que hay que seguir es la del mismo cliente; hay que “regresar al cliente” tantas veces como sea necesario, para desde ahí poder entender la experiencia interna y muchas veces idiosincrásica de la persona (Schmid, 2005).

Un actitud fundamental en esta aproximación fenomenológica sería la comprensión empática, ya que se trataría de acercarse al mundo interno del cliente para desde ahí entenderlo lo más posible y de una for-ma tentativa y aproximada (Deurzen-Smith, 1997; Moustakas, 1988).

Son fundamentales varios pasos o reglas en el método fenomenológico. Entre ellos es posible mencionar la epoche, que sería el esfuerzo de “hacer a un lado nuestros prejuicios de las cosas, suspender nuestras expectativas […] y concentrarnos en los datos de la experiencia” (Spinelli, 1989). Según Moreira (2001), “colocar entre paréntesis el conocimiento teórico del significado de los síntomas psicóticos, por ejemplo, significa dudar para darse cuenta [...] Se trata de poner en suspenso este conocimiento teórico con el fin de intentar reconocerlo a partir del punto de vista del significado para el paciente”.

Otro elemento importante sería la descripción, entendida como una aproximación mediante la cual se trata de permanecer con la experiencia más cercana al suceso vivido, y no con un afán de explicar teóricamente los hechos.

Finalmente, en el paso de la ecualización, se tratan todos los datos de la experiencia de igual manera, sin establecer un orden jerárquico en cuanto a cuál es más significativo. Aquí tendrían igual peso todas las dimensiones de la experiencia vivida por la persona.

La aplicación práctica de este método lleva a recordar varias líneas de acción terapéutica fundamentales:

· Lo más importante es la persona y su experiencia de vida. El terapeuta, la teoría, el diagnóstico y el pronóstico son secundarios (Rogers, 1951, 1961; Schmid, 2005).

· Para realmente acercarse a la experiencia vivencial de la persona se debe permanecer lo más cercanamente posible, a través de la comprensión empática, a la experiencia del cliente, por más que ésta sea muy particular, diferente, o incluso que esté en contra del sentido común o la lógica.
· Tomar la experiencia del cliente como la base fundamental desde la cual se parte en el trabajo terapéutico, se convierte en una consecuencia lógica de considerar a todo organismo como digno de confianza y en un proceso de crecimiento, en muchos casos obstruido o estancado, pero nunca interrumpido totalmente (Levitt, 2005).

Desde el punto de vista de la psicología crítica, que aborda de manera precisa la enfermedad mental y las distintas alternativas frente al modelo deshumanizante de la psiquiatría tradicional, Sanders (2005) señala que una de las mejores formas que esta corriente de trabajadores de la salud mental ha encontrado para ayudar a personas con sufrimientos crónicos y severos es la de ofrecer relaciones humanas a) que se caracterizan por intervenciones fenomenológicas e interpersonales; b) establecidas por personal no profesional; c) que se relacionen con el cliente como personas y no como profesionales expertos, poderosos y distantes; d) donde los trabajadores de la salud ayudan a los clientes a entender el significado implícito en sus experiencias; e) valoran las experiencias de las personas, tratándolas con respeto, y f) en comunidades orientadas al soporte o al crecimiento, más que en instituciones médicas.

Nuevamente, aparecen en esta corriente aspectos de carácter fundamental, como el establecimiento de una relación de persona a persona en un clima psicológico no amenazante, en el cual cliente es tratado con respeto, dignidad y con la confianza de que se halla en un proceso de reencontrar su sentido de proactividad, o de asumir la responsabilidad por su propia existencia.


TENDENCIA ACTUALIZANTE Y ENFERMEDAD MENTAL

El enfoque centrado en la persona propone como eje central de su trabajo a la tendencia actualizante, entendida como un proceso en el cual el organismo busca mejorar, mantener o actualizar sus potencialidades (Rogers, 1951, 1961).

Para aquellos que trabajan bajo el modelo médico, la sola mención de esta tendencia a intervenir con los llamados “pacientes psiquiátricos” produce desde la más plena incredulidad, hasta reacciones de un franco rechazo o una suspicacia teórica.

El problema es que si el modelo médico se ha enfocado tanto en la psicopatología, el hecho de hablar de un modelo de crecimiento hu-mano que aborda o trata situaciones tan severas como la esquizofrenia o las psicosis, produce una franca disonancia cognoscitiva por no poder asociar a la persona que experimenta una psicosis procesos tales como la actualización, el desarrollo o el resurgimiento de potencialidades. De alguna manera, el modelo del déficit o la carencia se establece como la única vía para muchos trabajadores de la salud mental.

Pero en el caso de una persona que experimente esquizofrenia u otro trastorno severo, ¿qué ocurre con la tendencia actualizante? ¿Por qué algunas personas comienzan procesos psicóticos y permanecen en ellos por años? ¿Qué son las alucinaciones o cómo se abordarían desde este enfoque dirigido al crecimiento y desarrollo sano?

De Nicola (cfr. Moreira, 2001), en un lenguaje existencial, define a la enfermedad como el “congelamiento del proceso del ser, alejamiento de la responsabilidad de existir, aprisionamiento en un mundo particular y alejamiento de un modo compartido”. Las frases anteriores describen cómo la tendencia a la actualización podría reaccionar al verse obstruida o temporalmente bloqueada. Podría definirse la psicopatología, por consiguiente, como un “bloqueo de la posibilidad de comunicación e integración consigo mismo, de la posibilidad de ser quien se es y de la posibilidad de salud concebida de forma intrínseca e inherente a la persona” (Moreira, 2001).

Algunos teóricos del enfoque centrado en la persona, como Schmid (2005), se orientan más hacia una dimensión o perspectiva dialógica del ser humano. En este sentido, el ser humano no sólo establece relaciones con los demás, sino que de alguna manera la persona está constituida por esta serie de vínculos. De acuerdo a ello, más que hablar de psicopatología y desorden, se podría aludir a procesos de alineación o falta de autenticidad. Señala Schmid (2005): “Una persona se vuelve inauténtica si está alienada de sí misma y de los otros, es decir, del organismo experienciante y de las necesarias relaciones genuinas. El sufrimiento psicológico es generalmente el resultado”.

De lo anterior se deduce que es en un proceso vivencial y entramado en una relación genuina con otro –en este caso el facilitador– que la persona se vinculará nuevamente y tal vez aprenderá nuevas formas de salir o abandonar su alineación, optando o decidiendo por formas más satisfactorias de relacionarse consigo mismo y con otros significativos en su ambiente inmediato (Cain y Seeman, 2002).

A continuación se describe brevemente la llamada “preterapia”, cuyo único fin es el de desbloquear y permitir un mejor funcionamiento de la tendencia natural de la persona hacia un mejor funcionamiento, el resurgimiento de las potencialidades del individuo y un proceso de reintegración intra e interpersonal.

El proceso terapéutico: algunas consideraciones

A partir de la concepción de la terapia como proceso podemos entender que para una persona que experimenta o vive una psicosis, uno de los elementos centrales va a ser la relación que establezca con el facilitador, y mediante la cual, a través de un restablecimiento del contacto psicológico y posteriormente de la percepción de las actitudes “necesarias y suficientes” se podrá llevar a cabo la lenta o incipiente reconstrucción del mundo interno de la persona. (Gendlin, 1996; Greenberg, Lietaer y Watson, 1998).

Autores como Swildens proponen algunas fases por las que puede pasar el proceso terapéutico en la psicosis. Estas constituyen una aproximación fenomenológica al mundo interno del cliente, y nunca un programa estructurado que la persona deba recorrer ordenadamente. Las fases son las siguientes: (Swildens, citado por Berghofer, 1996).

Fase de pre-motivación: como primera fase se caracterizaría por un retraimiento y desconfianza hacia la persona del facilitador. La persona prácticamente puede estar en una suerte de autismo existencial, y no tener interés o gusto por la terapia. Incluso puede haber un rechazo abierto al proceso terapéutico. La persona se encuentra de alguna manera completamente ensimismada, y se ha retraido de las relaciones con los demás y con el mundo en general. Pareciera que únicamente vive en su mundo interno, con todas las complicaciones que esto pueda traer.

Fase sintomática: aquí la persona presenta mucha de la sintomatología llamada psicótica. Lo importante es recordar que para la terapia centrada en la persona, los llamados síntomas también presentan una dimensión constructiva al no permitir una desorganización mayor o la existencia de un mundo interno mas caótico o desorganizado.

Fase verbal: aquí algunos sentimientos empiezan a ser expresados poco a poco y de manera particular. Los síntomas de la fase anterior empiezan a reducirse o a transformarse lentamente, dando paso a una etapa mas enfocada a la expresión de lo que la persona piensa, siente o vive.
Fase existencial: la mas importante de las fases para Swildens, implica preguntarse como se puede vivir de manera significativa con este trastorno.

Algunas otras cuestiones prácticas dentro del proceso terapéutico que necesitan tenerse en cuenta para poder facilitar o desbloquear la tendencia actualizante en la persona con psicosis son:

Regulación de la cercanía-distancia: implica un respeto y una regulación por la forma, muchas veces cambiante en la que la persona con psicosis se aproxima al facilitador. De la misma manera significa la aceptación de la persona cuando establece mas distancia. El terapeuta debe considerar este proceso de acercarse-alejarse como propio del cliente, y no tomarlo como una cuestión que la persona dirige hacia el facilitador. Es decir, ante la proximidad, el alejamiento o una actitud fria o rechazante de la persona con psicosis, el facilitador muestra la misma respuesta: un esfuerzo empático y una valoración de la persona, independientemente de la conducta que presente en ese momento.

Formación de límites: si pensamos que dentro de un mundo interno caótico, desorganizado o incoherente la persona puede vivir una ausencia de límites tanto internos como externos, la presencia de un “otro” que establece tentativamente una relación humana que facilita un proceso de crecimiento previamente obstruido o temporalmente abortado, da como consecuencia que la misma persona en este proceso de reconstrucción y reorganización de sus experiencias inicie también la reorganización de sus límites tanto intra como interpersonales.

Síntomas psicóticos: un elemento fundamental para que se pueda establecer una relación genuina entre cliente y facilitador es que el terapeuta pueda aceptar como reales los síntomas que presenta una persona. Esto significa que si el cliente expresa: “yo puedo volar todas las noches y mi cuerpo poco a poco se diluye en el espacio”. Aquí el facilitador puede entender que se enfrenta a un pensamiento que contradice la física y el sentido común, pero también debe entender, y esto es lo mas importante, que para esta persona esto constituye algo real, parte de su experiencia vivencial, que al ser seguida o reflejada empáticamente se comprobará que contenía aspectos vivenciales y fidedignos, pero transformados en un lenguaje aparentemente confuso, incoherente y “fuera de la realidad”.

El “si mismo” en proceso de reorganización: mucho del trabajo de Prouty (1994, 1998) se orienta a explorar como el self pre-expresivo a través de ir entrando en contacto psicológico con el facilitador, puede tentativamente ir integrando aspectos o dimensiones anteriormente anuladas o que debido a experiencias de mucho sufrimiento o dolor habían permanecido fuera de la conciencia.

La cuestión existencial: orientada básicamente a encontrar un sentido a la propia vida, sobre todo bajo las circunstancias de experimentar psicosis. Significa también un enfrentamiento de la persona con situaciones límite, donde su propia capacidad de responder y encontrar dicho sentido, se ven auxiliadas por un ambiente psicológicamente seguro como la terapia.


LA PRETERAPIA DE PROUTY

Basado en la terapia centrada en la persona, en algunos conceptos del enfoque experiencial de Eugene Gendlin (cfr. Alemany, 1997), y bajo una perspectiva fenomenológico-existencial, surge la preterapia de Garry Prouty. El elemento del cual parte es la primera de las seis condiciones de la terapia enunciadas por Rogers (1957), es decir, que dos personas –cliente y terapeuta– se encuentren en contacto psicológico. Esta condición, poco profundizada por Carl Rogers, es retomada y ampliada en profundidad, sobre todo al pensar en procesos de terapia con personas psicóticas.

Prouty establece que la persona que vive una psicosis se encuentra temporalmente fuera de contacto psicológico con los demás, o que el contacto es deficiente o está bloqueado. Incluso, la misma preterapia puede ser entendida como una teoría acerca del contacto en sus diferentes dimensiones.

Desde el enfoque fenomenológico, la denominada empatía existencial se aplica por igual a cualquier persona, y tiene una gran relación con el trabajo terapéutico con clientes que experimentan psicosis o alguna enfermedad terminal. Prouty (1998) define la empatía existencial como «dar testimonio del sufrimiento humano con humildad y aceptación. Es una apertura a la agonía y destrucción que está más allá de la sanación. Es ahí donde la última respuesta es el “estar con” […] Es el terapeuta derrotado que finalmente se da cuenta que lo único que tiene para ofrecer es su propia humanidad». De ahí la importancia fundamental que tiene en el proceso de la terapia la vinculación entre cliente y facilitador, vinculación –o relación dialógica, como algunos la han llamado– que surge de la presencia genuina de un facilitador que busca entender el mundo interno del cliente y aceptar por igual sus experiencias de vida; a esta relación, a la que se le ha llamado “encuentro”, ha sido recientemente definida por Mearns y Thorne (2003) como un “trabajo en profundidad relacional”.

La pregunta es cómo el facilitador puede transitar o acompañar existencialmente al otro, desde la etapa en donde hay un bloqueo en la comunicación o contacto, hasta el encuentro profundo con el otro, con sus propias potencialidades y su propio proceso de plenitud.

Es a partir de esta carencia o bloqueo del contacto psicológico con la persona psicótica que surgen los reflejos como el medio o el puente que puede restablecer el contacto psicológico con la persona, con los demás y con el mundo.

Fiel al pensamiento rogeriano, el enfoque de la preterapia no se basa en la clasificación de los síntomas, en la estructura y directividad, ni mucho menos en una exhaustiva lista de las partes enfermas de la persona, sino, por el contrario, nuevamente busca establecer un contacto psicológico con la persona y con su mundo interno y particular, para desde ahí reintegrar partes de la experiencia de vida que por ciertas razones se han invalidado, negado o mantenido fuera de la conciencia (Joseph y Worsley, 2005; Levitt, 2005). A continuación se presentan los reflejos de contacto y las funciones que constituyen el eje central de la preterapia.

Reflejos de contacto

Se aplican cuando el contacto es insuficiente o está bloqueado, y por ende no se puede empezar un proceso terapéutico. Este tipo de reflejos son muy literales, concretos y casi minimalistas. El efecto que tienen al ser establecidos o mantenidos por un tiempo es la posibilidad del cliente de vincularse y establecer un contacto afectivo, comunicacional o con la realidad tal como la percibe. Este tipo de reflejos pueden ser de varios tipos:

Reflejos situacionales (Rs). Es una aproximación a lo que la persona realiza, a la conducta que tiene en determinado momento o al ambiente inmediato en el que se encuentra entonces. Este tipo de reflejos facilita el contacto con el mundo o la realidad externa. Ejemplos de ellos son los siguientes: “Estabas hablando agitadamente y de repente has callado y te has encogido”, “Miras por la ventana fijamente”, etc.

Reflejos faciales (Rf). El terapeuta observa la expresión de la persona –sobre todo su cara–, buscando algún tipo de afecto, aunque sea en un nivel preexpresivo. Este tipo de reflejos facilitaría con el tiempo la expresión de algunas emociones. “Hoy sonríes bastante” o “Pareces un poco preocupado” podrían ser ejemplos de este tipo.

Reflejos palabra por palabra (Rpp). En el caso de una persona que experimente esquizofrenia y cuyo vocabulario contenga muchas frases incoherentes, ensalada de palabras o neologismos, el terapeuta refleja “palabra por palabra”, recibiendo la comunicación como algo válido. Esto le da a la persona la oportunidad de extenderse o ampliar algo de lo que ha dicho, tal como se muestra en el siguiente ejemplo:

Cliente: Ellos vienen [palabras inaudibles] por las noches, siempre vienen, y así me quedo.
Terapeuta: Ellos vienen por las noches, siempre vienen y así te quedas.
Cliente: Ellos me llevaron y me dieron algo [frase inaudible] para no sufrir.
Terapeuta: Te llevaron y te dieron algo para no sufrir…

Reflejos corporales (Rc). Si la persona muestra posturas rígidas o particulares, como puede ser en el caso de la catatonia, el terapeuta reflejaría verbalmente o a través de su cuerpo la postura de la persona.

Reflejos reiterativos (Rr). Este tipo de reflejo tiene como principio el que si alguna comunicación empática o reflejo del facilitador sirvió, se vuelva a aplicar.

Un aspecto importante de este trabajo es que el terapeuta debe sentirse cómodo, aun cuando muchas veces haya un mínimo progreso, o un progreso que se va construyendo paso a paso. Otra cuestión es que el facilitador debe sentirse a gusto en una postura existencial de acompañamiento del otro, y no en una postura protagónica por cuya virtud se le vea como experto, poderoso y en posesión de la verdad sobre la vida del cliente. A continuación se presenta una pequeña viñeta tomada de una transcripción de Prouty (1998), en donde la cliente, Dorothy, es una mujer ya mayor, y una de las que manifiesta una grave regresión en un hospital psquiátrico. En este fragmento, el terapeuta escucha algunas frases dentro del discurso un tanto confuso y tiende a reflejarlas. En este ejemplo se ve claramente el aspecto literal, sumamente concreto de este trabajo, y de los reflejos del facilitador:

Cliente: Ven conmigo.
Terapeuta: Ven conmigo (Rpp) [Dorothy me llevó a la esquina del cuarto de día. Estuvimos ahí en silencio por mucho tiempo. Como no me podía comunicar con ella, observé sus movimientos corporales y traté de reflejarlos].
Cliente: Frío [Dorothy pone su mano en la pared].
Terapeuta: (Rpp/Rc) Frío [Pongo mi mano en la pared y repito la palabra. Dorothy ha tenido sostenida mi mano en este tiempo, pero cuando hago el reflejo, me aprieta. Ella empieza a decir algo confuso. Yo cuido sólo de reflejar las palabras que puedo entender. Lo que dice empieza a tener sentido].
Cliente: Ya no sé que es esto [Toca la pared] [Contacto con la realidad]. Las paredes y las sillas ya no significan nada [autismo existencial].
Terapeuta: (Rpp-Rc) [Tocando la pared] Ya no sabes que es esto. Las paredes y las sillas ya no significan nada para ti.
Cliente: [Dorothy empieza a llorar] [Contacto afectivo] [Después de un rato empieza a hablar nuevamente. Esta vez con más claridad] [Contacto comunicacional]. No me gusta aquí. Estoy tan cansada... tan cansada.
Terapeuta: (Rpp) [Tocando suavemente su brazo; esta vez fui yo quien apretó su mano e hice el reflejo] Estás cansada, muy cansada [Dorothy sonrió y me dijo que me sentara en una silla frente a ella mientras me peinaba].

Funciones de contacto
El contacto incipiente y tentativo que se construye en el vínculo interpersonal entre cliente y facilitador tiene como consecuencia que la persona pueda reintegrar, muchas veces de forma tentativa, el mundo interno anteriormente disociado o alienado. De ahí que algunas de las funciones que tendría este contacto psicológico con un “otro significativo” sean las siguientes:

Contacto con la realidad. Se describe como un darse cuenta del mundo. Específicamente, de gente, lugares, cosas y sucesos. No implica una realidad privilegiada a la que tenga que adaptarse la persona. Es un proceso de salir de un aislamiento existencial en el cual la persona se introduce cada vez más en su realidad interna, abandonando el contacto con los demás y con el mundo. Implica también un proceso en el que sale de su propia alienación o fragmentación y empieza paulatinamente a integrar y a integrarse al mundo cotidiano.

Contacto afectivo. Se describiría como el darse cuenta de las emociones y sentimientos y de los diferentes matices e intensidades que pueden tener. Implica una incipiente apertura al propio organismo y una mayor confianza en cómo el organismo o la propia persona enfrenta las cosas y cómo reacciona a través de sus sentimientos.

Contacto comunicacional. Es la simbolización del contacto con la realidad y con los demás que la persona realiza a través de su expresión verbal. Esto apuntala el sentido de pertenencia, y en el caso de algunas personas que han vivido la psicosis, implicaría un regreso a la vida, o a vivir la propia existencia no aislado ni fragmentado, sino en contacto con algunos otros significativos.

Desde la fenomenología existencial, Portner, Prouty y Van Werde (2002) ofrecen las siguientes sugerencias para el trabajo con personas esquizofrénicas o con algún tipo de psicosis: tratar de responder a la experiencia directa de lo que “está ahí”, lo que se percibe de manera inmediata, así como de responder al sentido natural o realista cuando éste se encuentre presente en los clientes. El terapeuta, en este tipo de trabajo terapéutico, necesita observar y escuchar.

Finalmente, y a manera de conclusión, es posible decir que la terapia centrada en la persona se puede aplicar al individuo que sufre o vive una psicosis. Podría también concluirse que la preterapia de Prouty, más que un nuevo método terapéutico, es una extensión y profundización del trabajo rogeriano, pero aplicado a personas que experimentan un trastorno severo como la psicosis. Elementos fundamentales de la terapia centrada en la persona, como la tendencia a la actualización, las condiciones necesarias y suficientes, la no directividad y el encuentro o presencia, permanecen tanto en la terapia común como en esta nueva aplicación.


REFERENCIAS
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[1]Facultad de Psicología, Apartado Postal 2887, 22000 Tijuana, B.C., México, correo electrónico: armentaxavier@hotmail.com. Artículo recibido el 24 de octubre de 2005 y aceptado el 16 de marzo de 2006.