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lunes, 12 de febrero de 2007

Experienciando al Espìritu Desde el Cuerpo.

EXPERIENCIANDO AL ESPÍRITU DESDE ELCUERPO

Por Juan Prado Flores.

Médico pediatra neonatólogo. Ex coordinador del servicio de Cuidados Intermedios Neonatales, Hospital Luis Castelazo Ayala, IMSS. Miembro de The Institute for BioSpiritual Research. jubpra@yahoo.com (México).

“¡Oh insensatos gálatas!... Comenzando por el
espíritu ¿termináis ahora en la carne?”
Ga 3: 1-3


Esta impactante declaración que tan claramente expresa la condición de los apenas convertidos Gálatas a la fe cristiana hace unos 1950 años, no nos viene menos bien a nosotros que vivimos, no en el espíritu, sino casi 24 horas diarias en la ‘carne’.

En efecto, recuerdo que hace años yo quise ponerle un séptimo paso al Enfoque Bio-Espiritual (EB-E) -que tiene solo seis. ‘...Como que aquí hace falta algo’; hay que aterrizar el Enfoque en la acción, en obras dignas de conversión; ¿a dónde me dice el Espíritu que vaya?’, y varias cosas más, pensaba. Pero lo que nos compartió mi madre con relación a cuál y cómo fue el proceso que le permitió, -a partir de atender lo que sentía, y mediante pasos sucesivos- ir acercándose a papá física y afectivamente hasta llegar a una relación con él verdaderamente admirable, me dio la clave del asunto. Por supuesto que de no conocer el EB-E, yo jamás hubiera desentrañado los pasos que en ella se llevaron a cabo y cuyos efectos siguen actualizándose entre ellos (mis padres) día a día y dando vida a su alrededor.

Pero, ¿qué es exactamente estar ‘en la carne’? En realidad no es muy difícil aclararlo: nuestra mente necesita entrar en acción ideando, analizando, infiriendo, deduciendo, planeando, proyectando, ejecutando, solucionando, en una palabra tomando el CONTROL de cuanto tiene a su alcance. Con cuanta frecuencia mi mente se mete donde no la llamo; ella, ciegamente, quiere hacerse cargo de todo; no le importa si el asunto es o no de su incumbencia, pues ni siquiera sabe -estoy absolutamente convencido- si existe algo que está fuera de su competencia; ella no distingue cuando se trata de asuntos de sobrevivencia para lo que, ciertamente la mente es nuestro mejor recurso, y cuándo las cosas corresponden al espíritu y deben seguir en él. Al parecer, por su propia naturaleza, la mente intenta ‘ponerse en el asiento del conductor’ siempre.

La crítica de san Pablo a la mente no ordenada al Espíritu es tan contundente, masiva y demoledora que puede resultarnos absolutamente incomprensible, una irreverencia, una exageración, un disparate contra la razón todopoderosa.

Escuchemos a Pablo:
(Nota del autor: Las palabras destacadas con negrillas y kursivas hacen alusión a la mente, y las que están solamente con negrilla ponene énfasis en los adjetivos que a ella aluden).

Rm 1: 21,22: “Se OFUSCARON* en sus razonamientos* y su INSENSATO corazón se ENTENEBRECIÓ... jactándose de sabios se volvieron ESTÚPIDOS.”

Rm 1:28: “...y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente RÉPROBA.”

1ª. Cor 2:14: “El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son NECEDAD para él”.

Ef 4:18: “...que no viváis ya como viven los gentiles, según la VACIEDAD de su mente, sumergido su pensamiento en las TINIEBLAS y excluidos de la vida de Dios, por la IGNORANCIA que hay en ellos por la dureza de su cabeza”.

1ª. Tim 6:5: “...discusiones sin fin propias de gentes que tienen la inteligencia CORROMPIDA”.

Expresando exactamente lo mismo con un lenguaje arcaico, provocativo y sexista, en el Libro de Job, joya de la sabiduría de todos los tiempos, el Autor construye un diálogo entre el personaje central y su propia mente, la que es incapaz de entender a Dios desde la adversidad, el dolor, el abandono, la enfermedad y la muerte. Él expresa esta realidad mediante un altercado mujer (= mente) / marido (= Job): “Entonces su mujer (su mente) le dijo: ‘¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!’ Pero él le dijo (a su mente): ‘Hablas como una ESTÚPIDA cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?’ ”[1]

Es por ello que en la experiencia de Pablo, la vida en el Espíritu implica:

“La renovación de la mente”: Rm 12:2.
“...Renovar el espíritu de vuestra mente”: Ef 4:23.
“...tener la mente de Cristo: 1ª. Cor 2:16.

San Pablo había aprendido a discernir entre la experienciación de la vida del Espíritu en el cuerpo y el imperio del control y el dominio de la mente sobre el ser humano.

Metánoia, traducida como conversión, etimológica y literalmente no es sino: meta = más allá, o mejor aún (S. Carrillo Alday.) después de..., y nus = mente, ¡después de la mente! Es obvio pues que una mente no dejada atrás le estorba al Espíritu, lo cual no podemos corroborar sino desde el espíritu, pues desde la orbita mental la vida en el Espíritu nos parece burda ignorancia: “necedad”.

Es claro entonces que depender y someternos a una mente insensata, estúpida, réproba, vacía, entenebrecida, ignorante, corrompida, es vivir en la carne, y esto es nuestra oposición a la vida en el Espíritu, a la vida del Espíritu EN nosotros.

Sin darnos cuenta de ello, a veces queremos ayudarle a Dios ¡a Dios!, Enmendarle la plana, llegar por NUESTROS MEDIOS mentales (analizando, planeando, instrumentando) a lo concreto de la acción, dominados por la urgencia (mental) de construir el Reino, imponiendo nuestra agenda (praxis), pensando que como estamos en gracia porque nos confesamos, vamos a misa, oramos, comulgamos, discernimos los signos de los tiempos, etcétera, todo lo que pensamos, decimos, hacemos, especulamos, ¡es según el Espíritu!

Es mucho más fácil de lo que nos imaginamos, autoengañándonos, desconectarnos del Espíritu, creyendo ingenuamente estar y permanecer en Él. Esto puede ser algo tan imperceptible que muchos no nos damos cuenta de ello, como tampoco solemos captar cuando alguien se deja guiar por el Espíritu. Y si hay duda preguntémoselo a los ‘buenos’ de ayer y de hoy que, crasa equivocación, se encargaron de llevar a la muerte a Jesús de Nazareth y a muchos más que, a lo largo de la historia, se han dejado conducir por el Espíritu.

En el libro ‘Cómo Escuchar al Espíritu. Un Método de Discernimiento’, su autor muestra, convencido y basándose en el ejemplo de algunos de los grandes personajes de la Biblia, cómo escuchar al Espíritu. El 1er. punto propuesto es: Escuchar lo que realmente sientes, lo cual, cuando se hace bien, es correcto, pues hoy sabemos, no sólo por la fe sino por la ciencia también, que nuestros SENTIMIENTOS son el sofisticado lenguaje del cuerpo experienciado como lo experienciaba san Pablo: de una manera sentida, como parte de un Cuerpo más Grande (recordemos que Ignacio de Loyola fundamentó su espiritualidad en el sentir). Sí, experimentar fisiológicamente (lo cual incluye escuchar) lo que realmente sientes, es abrirte a lo que el Espíritu te dice desde su propio santuario que es tu cuerpo (1ª Cor 3:16). Ahora sabemos que todo y lo único que tenemos que hacer es permanecer con lo que estamos sintiendo, sin oponernos a que desde allí, se nos regale el proceso de integración-santidad en el cuerpo (NO EN LA MENTE), partiendo de lo que es real y estamos sintiendo.

El 2º punto del citado método es: COMPRENDER hasta dónde te llevan tus sentimientos. Aquí empieza el problema. Hasta ahora, son muy pocos los que han descubierto la sabiduría que nos regalan nuestros sentimientos cuando los acompañamos hasta que se forma la ‘sensación-sentida’ de la TOTALIDAD del problema o asunto con el que están tratando de ponernos en contacto (nuestros sentimientos), permitiéndoles decirnos “lo que nos tienen que decir” para así, y solo así, poder asumir e integrar plenamente la historia que está debajo de ellos. Una comprensión intelectual de nuestros sentimientos, un “discernimiento” mental acerca de a dónde ellos nos llevan no tiene ningún sentido a la luz del descubrimiento de que el potencial del desarrollo humano, no está en un nivel cognoscitivo proveniente del análisis o del conocimiento intelectual, como lo demostró el Dr. Gendlin precursor del Enfoque (Focusing); lo mismo parece decir san Pablo cuando afirma “Realmente mi proceder ni yo mismo lo entiendo... Pues no hago el bien que quiero...”: Rm 7:15-19. Para él tampoco tenía sentido analizar, comprender (intelectualmente) sus sentimientos ni menos pretender comprender ‘a dónde ellos lo llevaban’. Él anhelaba, quería hacer el bien, pero el saber que lo quería hacer no le ayudaba en absoluto a hacerlo. Tampoco le interesaba a Pablo tratar de comprender su proceder en sí mismo, pues terminaba haciendo lo que no quería, cuantas veces se había dejado guiar por su mente ‘réproba’.

Pretender pues comprender intelectualmente nuestros sentimientos ‘no sirve para nada y es pérdida de tiempo’; es un callejón sin salida, nos dice E. T. Gendlin y lo recalcan Mcmahon/Campbell, partiendo de los resultados de una firme y seria investigación científica, incorporada a una revolucionaria perspectiva psicológico-filosófica confirmada por la experiencia en fe de cualquiera que practica el Enfoque Bio-Espiritual. Equivale a querer discernir las cosas del Espíritu con ese pensamiento ‘entenebrecido’, podría decirnos Pablo hoy.

El punto 3º del método es Actuar con rectitud: La pregunta es ¿Cómo actuar con rectitud? ¿Conducidos por esa mente réproba, vacía, insensata, entenebrecida? ¿Atendiendo los ‘sabios consejos’ de alguien fuera de mí? ¿Siguiendo el ejemplo de los grandes personajes de la Biblia? Hasta donde yo sé, no ha existido nadie ni hay ningún libro, en ninguna biblioteca del mundo –ni en la Webb- que me diga como tengo que proceder; y hasta donde puedo entender, la única manera de saber si obré bien o mal va a ser ‘por los frutos’. Pretender pues, actuar con rectitud siendo guiado por esa mente no ordenada al Espíritu es camino seguro al desastre. El problema de aquellos gálatas, de 20 siglos de cristianismo (con algunas admirables excepciones), de nosotros y de la humanidad entera, bien lo podemos expresar así: Habiendo comenzado con el espíritu (el reino de Dios ya está en todo ser humano) ¿terminamos ahora en la carne?

El paso 4º de la obra mencionada es Discernir por dónde te quiere llevar el Espíritu de Dios. Este tipo de discernimiento es también otro movimiento mental y no el dejarnos ir en el proceso corporal de Gracia (que ES en sí El Espíritu, y la pregunta vuelve a ser la misma: ¿Cómo discernirlo? Es obvio que a menos que se nos explique ese cómo hacerlo, estamos en otro callejón sin salida. Pero ¿para qué pretender discernirlo si sabemos por revelación y por experiencia que “El viento (Espíritu) sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va”, y que “Así es todo el que nace del Espíritu”? (Jn 3:8) ¿Quienes creemos que somos para discernir por dónde el Espíritu nos quiere llevar? La experiencia de y en fe es aprender a confiar en Él y dejarlo hacer el trabajo que tiene que hacer en nosotros y que no es sino que cada uno sea quien ES. La mente se ha abrogado a sí misma la atribución de ser la herramienta apropiada para manejar el asunto, cuando, en realidad, para ella la vida en el Espíritu es ¡necedad!

El 5º punto de este método de discernimiento es: Actuar junto con el Espíritu, y la pregunta es: ¿Poniendo nuestro ‘granito de arena’?, ¿‘ayudándole’? (¡...!). Lo que entonces suele estar pasando es que suplantamos al Espíritu y luego le ponemos agua bendita a lo que hacemos para legitimar nuestro ‘insensato proceder’.

Mi madre no hizo en absoluto nada de esto; ella solo atendió sus sentimientos. No tuvo que discernir hasta dónde sus sentimientos la llevaban, ni comprenderlos, ni ver si estaba actuando con rectitud, ni discernir por dónde la quería llevar el Espíritu, ni actuar junto con Él, ni seguir el ejemplo de nadie. Ella simplemente PERMANECIÓ validando, acompañando, honrando, sosteniendo, su sentimiento de inquietud y de ‘no sentirme bien’ en su misa diaria, dejando en casa a su marido. Al paso de cierto tiempo de estar con esto, en vez de irse a misa, empezó a ponerse enfrente de él, a dos, tres metros de distancia, desde donde y cuando él la llamaba con insistencia ella le contestaba: “Aquí estoy Dimitas...” Escuchando por un tiempo más lo que surgía en ella mientras estaba a esa distancia (física y afectiva) respondiéndole aquí estoy..., descubrió, nos dijo, que ‘no me sentía bien’ y volvió a estar con, en, este nuevo sentimiento. Lo que resultó fue que terminó “siendo conducida” ¡junto a su marido!; entonces empezó a estar CON él, a realmente escucharlo. A preguntarle cómo se sentía, a acompañarlo y a compartirse sus recuerdos; a leerle algo, a escuchar juntos un cassette de interés para él, llegando a estar tan unidos como las células que forman un Cuerpo Más Grande. En otras palabras, al escucharse a sí misma, permitió, mediante ese proceso interior, abrirse a la condición de su marido y ser vulnerable a esa realidad. Ella había pasado desde sólo ‘VER’ a su esposo, a estar con/EN él. Y al estar así -nos dijo-, ‘me sentí bien’. Fue el sentir y asumir lo que en ella era real (su sentimiento de no sentirse bien primero en misa y después a tres metros de distancia de papá) lo que la mantuvo en el ESPACIO DE GRACIA que le permitió dar estos admirables pasos de congruencia-integración-desarrollo-plenitud-santidad (que todo esto es exactamente, lo mismo.)

“La Gracia no viene de afuera”, no es información o comprensión intelectual; no la recibimos mediante el discernimiento mental ni la podemos controlar a nuestro antojo; la Gracia es “PROCESO DE SANTIDAD en el cuerpo”. Jesús al parecer, habló de esto cuando dijo a los que se querían anotar como sus discípulos “... el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Él no se refería sólo a lo físico; hay millones de personas en el mundo que no tienen ni lo poco que Jesús tenía y no por eso son sus discípulos. Él más bien decía que el que quiera seguirlo no debe basar en cálculos su decisión de hacerlo, ni menos fundamentar el discipulado en un andamiaje mental de éste o de cualquier otro tipo. La vida en el Espíritu implica que no necesitas nada seguro en qué apoyarte; tu experiencia de Dios en fe, te lleva a entrar y a estar y a permanecer confiadamente en el Proceso que ES Dios mismo.

Cuenta Gandhi que un día él supo que de allí en adelante iba a ser ‘conducido’ (por el Espíritu). El que se deja guiar por el Espíritu no fundamenta su existencia en un nivel mental, ‘…porque el que quiera salvar su vida la perderá...’, por más que alguien diga que ‘la mente del hombre es para él como una segunda Providencia’, recordándonos más el pensamiento de Aristóteles que la experiencia de Pablo en el Espíritu por la fe, y por supuesto, lejos de las palabras y el testimonio del Joven a cuya “cabeza” no necesitaba darle apoyo de ninguna especie, ni menos aun, él ‘apoyarse’ en ella. Su vida, su obra, su herencia (y la de sus seguidores conocidos o ‘anónimos’), están más allá de cálculos y discernimientos mentales.

Hoy sabemos que un discernimiento sano no parte sino de la sabiduría contenida debajo de nuestros sentimientos; pero si la suplantamos por la directriz que surge de un todopoderoso y controlador racionalismo excluyente del Espíritu ya no estamos en éste. En el episodio bíblico en el que Pedro es enviado a Cesarea, a casa de Cornelio donde el Espíritu obra la conversión dentro de los allí presentes, aquél lo comenta así ante la primera comunidad cristiana de Jerusalén: “El Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar”. Pedro había estado en oración, esto es, en contacto con Dios mediante lo que realmente sentía. Entonces vino, a través de una serie de imágenes, una propuesta que por incomprensible, rechazó: comer ‘animales impuros’. Entonces llegan los hombres de Cornelio por él y el Espíritu en su cuerpo le dice “Baja al momento y vete con ellos sin vacilar pues yo los he enviado”. Para atender esta propuesta, Pedro no tuvo que llevar a cabo ninguno de los puntos del discernimiento antes comentados, salvo el primero, que llevado a cabo hasta sus últimas consecuencias, resultó ser un admirable acto de fe (como el de mamá) que lo condujo desde una instancia corporal, sentida, a la experiencia de la universalidad y de la liberalidad absoluta del Espíritu (soplando donde quiere).

Tampoco encuentro ese discernimiento mental en aquél pasaje de Francisco de Asís cuando le dice a uno de sus hermanos de la ermita: ‘Vamos al pueblo a predicar’. Llegaron, la gente los escuchó hablar entre ellos, se contagió de su alegría, vio que en su pobreza estaban llenos de Dios y les regaló algo de comida que Francisco retribuyó con muestras de profunda gratitud y bendiciones. Luego dijo a su hermano: ‘Ya es hora de regresar’. De camino el hermano le recriminó ¿No que íbamos a predicar? Francisco le respondió: ‘SÍ predicamos; lo hicimos al platicar entre nosotros, al estar con la gente, al hablar con ella, al recibir estos trozos de pan, sin tener que hablar de Dios ni una sola palabra...’ Él PERMANECÍA en el Espíritu, lo cual percibía claramente la gente. Era el Espíritu prolongándose en/con Francisco quienes hacían la conversión.

Exactamente el mismo proceso se dio en mamá al irse acercando a su marido anciano, enfermo, deprimido, exigente, demandante de atención y dependiente de ella ‘28’ horas diarias. Ella no necesitó más que validar y sostener, lo que verdaderamente SENTÍA. Lo demás fue obra del Espíritu. Estando en Él, le fue dado el movimiento que expresa una ‘profunda comprensión’ y una ‘profunda aceptación’ (C. R. Rogers) de su esposo, (lo que no es sino el cumplimiento de la palabra del Profeta: Misericordia quiero...) y que ha incluido en ella, además, la maravillosa capacidad de poner sanos límites en su relación. Esto es la vida del Espíritu en el cuerpo (impresa como Ley en el corazón) que en el Nuevo Testamento recibe el nombre de amor ÁGAPE. Es experimentar físicamente la Gracia (McMahon-Campbell.) y dejarse guiar por ella. Y por cierto, mamá no está agotada (creo que tiene más energía, más alegría y más buen humor que nunca), sino que más bien crece en ella la esperanza de llegar dentro de dos, a celebrar sus 65 años de casados. Y con ello también papá, a sus 85, está cambiando de ánimo y hasta de humor. ¡Hay que verlos para creerlo!

Resumiendo: El discernimiento cristiano no es para darnos seguridad en el conocimiento, el proyecto o la acción, pues hagamos lo que hagamos, cuando es en el Espíritu será un acto hecho “con temor y temblor”. En la vida en el Espíritu la comprensión intelectual es un producto derivado, adicional; es sólo parte de la ‘añadidura’ y en el mejor de los casos un “conocimiento que va más allá de todo conocimiento” como diría san Pablo; un: ‘no entender entendiendo’ y un ‘entender no entendiendo’ como diría san Juan de la Cruz. La experiencia en el Espíritu no admite mezclas promiscuas mente-espíritu sino la ordenación de aquella a éste, como tampoco la profanación por nuestra mente corrompida del ‘santuario’ del Espíritu que es nuestro cuerpo. El centro, el origen y el fundamento del discernimiento y la acción del creyente es la EXPERIENCIA misma de la vida EN el Espíritu: “...Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya REALIZADO por medio de mí... en virtud del Espíritu de Dios...” nos ha revelado Pablo (ver Rm 15:18-19). NADA puede sustituir esta experiencia; el ‘saber’ qué cosas hacer y el poder para hacerlas SON la vida en el Espíritu; el papel del discernimiento cristiano es infinitamente más modesto que lo que nos exige una mente ávida de evidencia, seguridad, claridad, control, dominio y eficacia, pero de una trascendencia capital: Es solo para darnos cuenta que estando y permaneciendo en lo real de nuestros sentimientos, estamos abriéndonos al Espíritu. De Él proceden “las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos” Ef. 2:10. “...pues es Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar, como bien Le parece”: Flp 2:13. Lo más importante y menos comprensible para una mente vacía son aquellas palabras trasparentes como el agua: “...no hago el bien que quiero...”; es que sólo experienciando esta realidad es posible, desde ella abrirse a la vida del Espíritu en el cuerpo, pues: “cuando soy débil, es entonces (y sólo entonces) que soy fuerte”.

Entendido mediante el lenguaje de la Bio-espiritualidad el dicho de Jesús relativo a que se perdonará el pecado contra el Hijo, pero no el pecado contra el Espíritu, lo podría parafrasear así: se les perdonará estar en su mente pervertida, pero lo que no se les perdonará será que no escuchen, atiendan, reciban, al Espíritu en su santuario, su templo, su morada, que es su propio cuerpo físicamente sentido.

Y para los que no tenemos este proceso disponible en nuestro cuerpo de una manera natural o intuitiva, ahora todos lo podemos aprender por medio del Enfoque Bio-Espiritual. Si lo hacemos regular y adecuadamente nos estaremos abriendo al ‘espacio de gracia’ desde el que podemos SENTIR a Dios.

Posdata: Al darle a mamá este escrito, una hermana le preguntó cómo le había hecho para atender sus sentimientos de malestar en misa y luego en casa acerca de su relación con papá. Ella respondió: “sólo hice lo que Juan dice que hay que hacer con los sentimientos.” Así que ahora puedo decir que tengo en ella una destacada alumna de Enfoque Bio-Espiritual.


Todas las citas bíblicas fueron tomadas de la Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer. 1967.

Ameche Guillermo SJ: Cómo escuchar al Espíritu. CRT. México. 1998.

Campbell PA, McMahon EM. Evasión de proceso: Cuadernos de Enfoque Bio-Espiritual.

McMahon EM., Más allá del Mito del Dominio. Alternativa para una Sociedad Violenta. México. 1999.

Gendlin E. T.: Focusing. Proceso y Técnica del Enfoque Corporal. 2ª. Edición. Editorial Mensajero. 1983.


[1] Libro de Job, 2:9-10.

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